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Mostrando entradas de julio, 2015

FUERA DE JUEGO.

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Del salto a la caída,  del acierto al yerro,  nada confío en el tino  de la decisión que tome  cuando haya que hacer  lo que hubiera que hacer,  si hacer procediera.  Tanto se expanden los espacios  como se contrae el razonamiento  y la altura de miras  es deficitaria.  Visualizar futuros  no diseña porvenires  y falla la fuerza  y la rabia es desvarío.  Sumar  siempre acaba en dividendo  y el resto,  precario suele ser  en esta andanza.  Azares,  errores,  ciertos aciertos  y un espacio hueco  de dónde cuelgan los abrigos.  Desidia contemplativa,  mirar y morir,  morir mirando,  agonía de expectador  fuera de juego.

LA AUSENCIA QUE ME OTORGAS.

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Sigue la ausencia que me otorgas,  ahí colgada,  en equilibrio de sombras,  encadenada.  Se prolonga la quietud  esperando ser mecida mientras el dolor rebota  sobre suelos engomados.  Quizá no debiera doler,   por ser crónico el vacío,  y de consuelo valdrían  los eslabones que perduran.  Sigo mirando los parques,  los escudriño en diagonal,  mientras las palomas se burlan  de mi cuello ladeado. 

COLOREAR LA ARISTA.

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Podemos colorear la arista,  dar tono cálido al gélido cemento  que fraguamos día a día,  decorar las asperezas,  diversificar lo idéntico.  Puede que convenga  dinamizar lo estático,  lo que sostiene,  con preceptiva rudeza,  nuestra levedad de carne.  Podemos impostar la flor  en yertos cubos de hormigón armado,  sabernos mejores  camuflando el gris que nos guarda  y las tormentas serán más dulces,  edulcoradas de almíbares sintéticos.  Mejor derribados por la ola  si la caída hiere en tonos pastel.  La superficie seda,  pero menos mal que hay aridez,  firme y arisca  bajo la ilusión sonora,  que muda nos asegura  el suelo necesario. 

PUEDE QUE SEA EL MAR.

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Puede que sea el mar,  por más asequible  que lo cósmico,   lo que amaine la soberbia  estruendosa que vestimos.  Curvatura nos da el horizonte,  incertidumbre,  y las aguas vivas  que nos mecen,  mutables de carácter  con los climas coordinadas,  pueden desarbolar  nuestra arrogancia  en dos golpes de espuma,  dejando en salazón  la transcendencia.  La roca apaleada  por mareas sin bandera,  va cediendo patria  y convicciones minerales  para sedimentar corrientes,  ajenas a la cartografía.  Mar calmo  que me empequeñece  y me ensancha  en las soledades  de un Robinson desnudo  de interiores al viento.

Cajas de música.

Sigues en tu caja de música,
sucia y desafinada,
dando tumbos circulares
y pretendiendo ser centro de órbitas.
Tienes rehén poderoso,
en eso basas tu miseria.
La bailarina suicida
que roba melodías.
Pena me diste
por muñeca rota
más ahora desprecio
tus tristes coreografías.
Sigue, desafinada y patética,
rompiendo cartas
de tu marcada baraja.
Sigue tu danza
con el objeto de dañarme,
mas los espejos del joyero
se empañan
y el carrillón se ahoga
entre notas de latón.
Ni odiarte me merece la pena.
Puede que yo reviente antes,
celébralo,
si a la inversa es,
fumaré un cigarrillo
de humo añejo.
Quizá entonces,
me quite del tabaco.

Cantor de amores.

Cantar de amor,
desde guitarras de almíbar
y voz de viola,
con el flequillo oportuno,
puede ser fácil.
Los retratos de boda
suelen gritar hieles
desde los cabeceros
de camas amarillas,
al cabo de unas órbitas.
Vivir no es leyenda
y no se enmarcan
de labradas maderas nobles
las miserias cotidianas.
Amar no es estribillo
bajo foco naranja en vaselina.
Que amar escuece
y desamar entumece,
casi anestesia,
porque la vida es quirófano
de amputación constante.
Vivir es vivir,
no es relato aprendido,
y el guión es agua de río,
siempre otra a cada segundo.

Muelle de colchón.

No anda uno en edad
de hallarse desubicado,
mas los azares,
los avatares,
la coyuntura absurda
de lo social,
lo convenido,
hacen que el acomodo
tenga muelle de colchón
como lanza de Longinos y,
cuando yá es tarde,
la llaga ha vertido
lo irrecuperable.
"Que sí",
te asienten a quemarropa
con retrogusto a estafa,
y la taza de hiel
se vuelve menú irrenunciable.
Mientras tanto no eres nada
y lo tuyo vuela,
alejándose de las vallas
que se tejieron.
Y el problema eres tú,
por serlo,
por ser el poco tú
que encuentra espacio.
Que tránsito absurdo
a ninguna parte.
Y cierto día morirás,
desnudo y perdido,
como animal de pasillo,
sin saber por qué todo
y por qué nada.

Sesión matinal.

Esa película vieja
que te lava las legañas,
en blanco y negro,
para que desayunes luces
con sombras mojadas en café con leche.
Un encuadre arriesgado
acotando las pasiones
y la miseria humana
en plano secuencia eterno.
La vida en panorama,
en túnel rectangular
que te engulle, 
pasando por todas las escalas
de los posibles grises.
Trineos abandonados,
trincheras de vana gloria,
mujeres letales
con aves pintadas
y un motel con mecedora
y cortina de ducha.

VERANO.

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Tiene el verano un rostro,  un aroma,  un estribillo,  que puede matarte  de sal vieja,  adherida de antaño  a tus pulmones de otoño.  Tiene sombras el verano,  a lenta cocción,  confitadas,  que te ocultan los pasados  jadeos húmedos  de arena impregnada.  Y la promiscua espuma,  orgásmica entre las conchas,  escribe versos sucios  sobre tu piel desmemoriada.  Verano intransigente  con los anhelos abortados. 

Oferta.

Tengo la noche blanca
para tus mañanas sin luna
y un viento cálido
para tu nuca huérfana.
Tengo piel eléctrica
y dedos voladores,
tibieza de saliva
y sangre comprimida.
Tengo dolores tiernos
y placeres de toque amargo.
Tengo todo,
que es poco,
mas colmar
y calmar,
yo bien pudiera.

DE GUARDIA.

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El ángel herido,  de guardia inútil sobre sepultura,  espera el relevo improbable,  resignado y poroso,  calizo y pétreo,  firme en la erosión  de tiempo congelado.  Ignorado por los muertos,  pues la muerte es ignorancia,  siente nostalgia de cincel,  que bien podría haberlo esculpido querubín  de pórtico peregrino  en lugar de guardián de lápida.  Desagradecidos son los muertos  al velatorio,  al ramo marchito,  a la candelaria,  y el ángel morir quisiera,  liberado de la piedra  y de las sombras alargadas  de los cipreses altivos. 

Dejadme que yo prefiera....

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Maldito y endemoniado,  adicto a las hogueras,  el de un cristo cocinado,  rondando por las aceras  a Mariettas desatentas,  como un gilipollas, madre,  como un gilipollas, a tientas,  sin más perro que te ladre,  te fuiste sin corifeos,  dejándonos la desgana  del genio del cachondeo,  el verso de palangana.  No sabiendo tus escalas,  por lo tanto eres muy dueño  de salirte de esta sala  con el gesto algo risueño.

Asesino.

Asumo que matar,
si poder, pudiera,
matar, mataría.
Mal está,
no lo discuto,
pues reprochable es,
en avanzada sociedad,
volver al uso de la manada.
Más, mirad a ver,
qué cosas normalizamos
y si matar un poco
no es más leve
que la masacre estipulada.
Pido poco,
poca muerte y selectiva,
y me reprobáis vosotros,
los que aplaudís sangrías.
Dejádme pues,
matar muy leve,
mucho menos que un dron
o un dios inventado,
sólo lo justo,
no sé,
sin ruido.
Que si yo mato
no habrá bandera,
ni templo,
ni libro sagrado,
sólo matar,
honestamente,
políticamente correcto,
pues no seré yo
quien publicite condición
de la víctima propicia.
Venga,
no seáis así,
dejadme hacer lo habitual.

Agridulce.

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Algo cansados ya  de trayectoria,  sentados en sillar viejo,  los recuerdos nos visitan  en inoportuna marea.  Atrás los sueños  jamás cumplidos,  las galas obscenas  de la pretensión del rito,  los pétalos efímeros  que leves ornan  nuestros torpes pasos  sobre pavimentos gastados  de savias, sangre y lágrima.  Giramos la cabeza  hacia lo nuevo tan antiguo  y preguntamos para qué.  Habrá que seguir camino  cotidiano y grave,  y llevarnos la estampa  de lo agridulce.

EN VERDAD OS DIGO.

En verdad os digo  que tuve un huerto abierto  en las arenas del pecho,  que caminaba pantanos tibios  que inauguró un general  y sané la lepra que se incrusta  en las mentes dolidas.  Hubo un día en que  multiplicaba panes de palabra  y voladores peces de intención amable  entre hambrientos de consuelo en caldo.  Confieso que fui bueno,  amé prójimas más que a mí mismo  y me dejaron llagas de clavo amargo.  Ataqué a los mercaderes  de sueño envasado  y los expulsé de sucios templos  de desesperanza.  Dí mi sangre en las aceras  de capitales pútridas  y jirones de carne en los asfaltos  por el débil de espíritu. Más de nada valió,  y me negaron,  por menos de treinta piezas  de moneda devaluada  me vendieron varias veces.  Cargué vigas de ignominia  donde me expusieron  los sicarios de la envidia.  No resucité de ninguna muerte,  pues aun no vino el finiquito,  pero,  en verdad os digo,  que no seré yo  quién os redima. 

Sin título posible.

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Tengo interrogantes tendidas  en mi balcón lluvioso,  interrogantes nunca secas  de lágrima impotente.  Qué hacer con mis palmas vacías de mano infante,  con el hueco que deja  escapar las aguas posibles,  con la telefónica voz desganada  desgranando monosílabos,  nunca del todo ciertos.  Qué hacer con los momentos  de imagen capturada  y presencia huída.  No saber qué,  cómo ni por qué  acontece este charco estancado  en el asfalto musgoso  de mi espalda.
Y al final del pasillo
resplandece la duda oscura
de lo posible
o lo perdido. 

Bandas sonoras.

Hay noches de conejos ahorcados,
de sangre tibia entre las lunas,
niños cantando salmos
de urinarios benditos
por oscuros encapuchados.
Hay noches de risas cocainómanas
bajo el balcón flotante.
Noches de voces rasgadas
por aluviones de mieles pútridas.
Frente a la pantalla insomne
de un televisor jubilado,
de fondo se oyen arias
de veranos rotos
por un vivir sin objeto.
Carcajadas quebradas
de alcohólicas sin anonimato
bajo mi tendedero cansado,
anhelando maltratos
de bestias perfumadas
de sudor haragán.
A veces pienso
si hay remedio para la especie,
película clásica
y fondo de vertedero.

Fechas.

Inventado el calendario,
escalamos nuestras vidas
y medimos los tiempos,
no las intensidades.
Y son los vacíos
los que pesan.
Son las nadas
las que cuestionan
el paso por este erial.
Vivir es lo único,
envejecer, un convenio,
un folio milimetrado
donde el renglón se extravía.
Supera el escalón
ignorando la cuenta,
siempre hay barandilla
cuando el resuello afloja
y descansillo de nube
en que recrearse.

En precario.

Podría morir ahora,
sin inmutarme,
como todos,
al fin y al cabo.
Podría llegar el incidente
no buscado,
o quizá sí,
pero no es hora
de reproche.
Podría cesar
en este empleo,
ser despedido,
que los azares
y los avatares
me rescindieran contrato
que quizá no cumplí.
O sí,
yo que sé.
Siempre estamos
en precario.

Espinas de rayo.

Por devorar tormentas
tengo espinas de rayo
en la garganta,  que a veces truena  para aliviar la carga.  Arena en duna  tengo en lo árido  de este ser posible,  polvo lesivo  en torbellinos de rabia,   que conmigo avanzan dándome escolta.  De rozar pieles  obtuve nubes  plagadas de lloviznas  de almíbar ámbar,  con las que palio lo seco. Inestable equilibrio climático  me sostiene como pasajero  de esta esfera extraviada  en la dilatación de lo que es.