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Mostrando entradas de agosto, 2015

GRITA.

A voz en grito  se ensancha el pecho  y las arenas blancas  se liberan en tornado.  Rebelde,  rebelde es la vida  que por vivir reclama  el aire de las salas  de los hospitales dormidos.  Grita a bocajarro,  a quemarropa aúlla,  que se oiga tu presencia  en los rebaños de silencios  y que las cortinas vuelen  atravesando los estrechos. 

TABACO.

Planteándome estoy
abandonar el humo,
el humo que fumo
en bocanadas de asfixia.
Clavo ardiendo
que la entraña abrasa,
al que me agarro imbécil,
en compulsión suicida.
Por qué será
que lo nocivo embelesa
y esclaviza.
Tanto daño tiene el aire,
la vida a granel,
que precisamos veneno
para curarnos de existencia.
Quizá sea hoy,
quizá otro día,
que no hay promesa cierta
en voluntad de papel,
mas sé que debo
romper la cadena de cristal
que en marioneta me torna.
Puede que me mate
en diferido,
como la vida mata
pues de vivir se muere,
pero preciso libertad
de autocondena,
ser yo sin alcaloides,
lo único que tengo,
y consumir nubes bajas
sin amarillear los dedos.

Agostando.

Como el verano escapa
como escapan los momentos,
las palabras justas
y los deseos ajusticiados,
habrá que apurar el sol
y todas las tibiezas.
Aquí seguiremos,
otoñando en prematuro,
dorando las hojas
con pinceles de llovizna.
Crecerán las lunas doradas
como despedida del estío
y se distanciarán
de nuestro devenir,
siempre inseguro.
Descansarán las playas
de las plagas bíblicas
y se darán al mar,
entregadas y entreabiertas.
Las rutinas viciadas
y la labor ingrata.
Seguiremos en mayoría
siendo rebaño atónito,
a la espera de un gesto,
un silbido,
del pastor que nos mal guíe.
Agoniza agosto,
agostándose en la raíz,
y las pizarras reclaman
polvo de tiza.

EMPUJAN.

Empujan los muros de la avaricia  perseguidos por plomo nuestro,  el que vendimos  a quien les acribilla.  El miedo y el hambre son ariete  que no repara en hormigones  ni en alambres de cuchilla.  Mientras estallan las lindes,  en barnizadas mesas  de maderas saqueadas  se discuten las cuotas  de la miseria en acogida.  Se nos quiebran los blindajes  de las puertas de cromadas mirillas,  por las que veíamos tiroteos  con mirada morbosa de lejanía.  Están aquí y nos preguntan por qué,  ese porqué que sabemos  sin hallar respuesta decente.  Y nuestras impolutas playas  huelen a cadáver náufrago,  a la carne corrupta  que el mar nos vomita  por ser nuestra,  pues amos nos hicimos  de lo que no se escritura. 

DE LA CORRIENTE DEL RÍO.

Puedes salir a la orilla,  que el río lento parece,  caminar al margen  empapado de tiempo calmo  y dudar de los senderos  que del cauce se te ofertan.  Puedes orear tu breve cuero  en soles de naranja,  recelando de aguas  y verdines,  para volver al curso  que te avanza.  Goza de la quietud  de lo temprano  que tiempo habrá  para torrencial corriente.  Yo te miro desde los años  de la espesa marisma,  raudo caudal,  siempre breve  hacia la desembocadura. 

LOS SOPORTALES DEL TIEMPO.

Entradas hay que se te ofrecen  que salidas son,  o sólo tránsito  a cubierto del sol crudo.  Mas al fondo  suele toparse cerradura,  reja recia  rancia de herrumbre  de lo innaccesible,  lo vetado evitable,  mas queda opción  en algún lado  para seguir bajo la arcada  o arrojarse a las intemperies,  siempre inciertas,  nunca peores.  Oferta de cobijo  de abrigo incierto,  pues es la certeza mito  en el breve paso  por las callejas. 

Cincuentenario.

De ahora en adelante
será menos,
pues centenarios son excepción
y yo méritos no hice.
Así será mientras sea,
hoy soy,
mi interés es de continuidad.
Pero me sé caduco,
perecedero como hortaliza,
aunque más soberbia haya en pellejo.
Hasta aquí lo que hubo,
que qué os importará,
y a partir de aquí lo que haya,
que el mismo interés os demandará.
Estaré lo que esté,
os atenderé lo que me parezca
y pretendo ligereza de equipaje,
como cantó un poeta de verdad.

Que me dejen.

Que me dejen levitar
en este aire de fragua,
este verano alevoso.
Que me obvien
cuando intento
sumergirme en el origen.
Que no merezco yo
el zumbido que me expropia
de mis espacios y silencios.
Que siga cada vida
su curso de meandro
sin inundarme las orillas.
Que envejezco huraño,
mas no víctima
de aves altivas
de alas de cera,
que no estoy para geranios,
que soy de sombra tibia
y en mis cuarteles quiero mando.
No soy pellejo de tambor
y mis cueros no ceden al redoble.

En días que no sé.

En días que no sé,
me acercaré a lo mío.
Lo mío de siempre,
lo de entonces,
cuando me forjaba.
En días que no sé,
me entrego al sol fiero,
al aire horneado
de los veranos verdaderos.
En días así,
de perro viejo,
me sumerjo en las aceras
que sobre ruedas cabalgué.
Son días que no sé,
días sabidos,
previstos e ignorados, 
y en mi lugar
firmaré las edades
del meridiano ya cruzado.

Ser y no estar.

Entornaré las puertas
para aliviar murmullos
y ni asentiré
para no crujir el cuello.
Caminaré con paso al roce,
lento y continuo,
sin alterar las brisas.
Lavaré mi cuerpo
en aurora neutra
para matar aromas de vida. 
Imperceptible,
evitando despertar
lo inaguantable.
Enguyendo silencios
a destajo.
Más los silencios
se expanden en la entraña
de elasticidad finita.
Mejor casi no ser
que ser fricción
que detone el estallido.
Casi no estar,
casi no ser,
ser o no ser,
ser y no estar.

NO ME CREERÉIS.

Puede que no me creáis si os digo que yo, querer, querer quisiera ir vestido de sonrisa, con el ceño claro de sábana tendida. Es cierto que quisiera, querer quisiera susurrar en seda, profundo y tenue, como en adagio. Cuánto daría yo, dar, dar daría lo que fuera por ser la calma, río límpido en corriente continua. Mas me persigue el ruido, la estridencia, la salpicadura sonora de granizos desbocados que embarra mi rostro de malnacido. Amaría amaros, a todos, a bocajarro, empatizar con vuestras cuitas y tener siempre consuelo, ser caricia, beso leve, mas amar tortura y los desamores son mi plaga. Llevo jirones de cuero viejo por dónde pasaron las caricias. No es disculpa, bien lo sé, pero soy barro seco. No me creeréis, mas yo, querer, querer quisiera. 

Cuando la gaviota diga.

Cuando sobrevuele la gaviota
la leve sombra que proyecto,
quiero tener la barba limpia,
peinada sobre el pecho.
Camisa blanca planchada
con vapores de lavanda
y las manos desnudas
de joya o bagatela.
Quiero oír a un tenor decir
que lucían las estrellas.
Quiero ver a Mononoke
cabalgando un gigantesco lobo
entre montañas feroces.
A Alicia cruzando espejos
y a Audrey frente a Tiffany's.
A Chihiro entre fantasmas,
a Aldonza en un palacio.
Quiero ver a Melibea,
a Julieta envenenada.
Quiero una mariposa japonesa
mirando a un puerto hueco.
Quiero soleares por Nueva York,
moscas de pupitre
y ángeles marinos.
Cebollas de escarcha
en la celda de Segismundo.
Tantas cosas quiero que,
cuando la gaviota exhale
su graznido justiciero,
quiero haber estado,
cuando menos.

Pájaro azul.

Encontré entre los pliegues
del cemento un pájaro azul,
lo cebé con las mieles
que robé de altares de luz.
Tras dormirse en mi mano
un día voló.
Retando al mar
una pluma perdió,
la encontrará
porque la tengo yo,
clavada en esta herida
que supura color.
Dejando atrás
mi juventud
puedo escuchar
los trinos de la ingratitud.
Seguirá mi camino,
mis tropiezos,
mi torpe danzar,
descartando los rezos
que el temor me quiso inculcar,
no mendigo los besos
que no quieres dar.
La perdición
es un viejo juglar,
una canción
te puede apuñalar,
los pájaros azules
nunca son de fiar.
Que esperas tú
de este animal,
piel de palabras
de una carta de algún criminal.

Biografía de Fulano.

Cuando nací
fui algo prematuro,
nadie por mí
daba ni un puto duro.
Así crecí,
quizá algo inseguro,
acumulé
ladrillos en el muro.
Luego busqué
hazañas y gigantes,
solo topé
molinos y mangantes.
Cruces cargué
al lomo doblegado
y las quemé
cuando hube despertado.
Sembré una flor
pero yerré en el tiesto,
fallas de amor
y lechos indigestos. Es verdad
que la vida poco me va a dar,
qué más da,
si al final
sólo nos queda el morir,
eso sí.
Razonar
qué sentido tiene el existir
y sufrir,
puede hacer
que el tiempo pueda correr
sin creer.
Cabalgar
a los lomos de la libertad
no está mal,
despertar
en la celda hace llorar.

Agrias horas.

Qué agrias son las horas
y los momentos reiterados.
El rulo que rueda y
aun sabiéndolo invariable,
esperas cambio de giro,
ligeramente favorable
a tu deriva
más no.
La melodía es necia
en su fórmula matemática, 
regida por pasiones
poco numéricas.
Que mal se digiere
lo que nunca cambia,
quebrando esperanzas
de cáscara de papel.
Qué amargo que se espere
que engullas la píldora,
seca y espinada,
de negarte ante el espejo.