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Mostrando entradas de octubre, 2015

PÁJAROS CASTRADOS.

El vuelo de los pájaros castrados  busca luces en manojo  donde la ceguera impera.  En este hábitat  de aves ornamentales,  con las alas ahumadas  a escape libre,  estampamos en vidrieras  la mentira arcaica  que nos niega.  Abarrotadas andan las calles  de palomas sin mensaje,  mutiladas y necias,  consumiendo migajas  de mala idea. 

ABRAZOS ANTIGUOS.

Hay abrazos antiguos,
por la azarosa vida retardados,
que empujados por las ausencias,
siempre bruscas,
arañan el pecho
y herida dejan.
Hay lágrimas en mi hombrera
y mi camisa duele,
duele porque la falta es grande
y del dolor participo.
Cuánto daña el haber podido,
pero la vida daña
y cuando acaba,
en los demás duele.
Pero la verdad estuvo,
cruel y áspera,
en aquella sala última
de las frases siempre mal hechas.
Que la falta os sea leve,
dentro de lo posible
pues la memoria es agria
y dulce a cada rato.

SOBRE CUBIERTA.

Cuando las cubiertas enmohecen  y se buscan humos furtivos  en estufas ahogadas,  cual si de cónclave cardenalicio  fuera la historia,  el gato maúlla en la acera,  huído de tejados resbaladizos.  No se sostiene la duda  sobre aleros dibujados  a carboncillo blando.  Bastante es ya transitar,  sortear los líquenes,  para buscar enredos de musgo  desde alturas suicidas.  A calleja viva,  a contrapelo,  se respira sin carbonilla  a riesgo de atropello. 

EN UN MISMO DÍA.

En un mismo día
puede uno abrir los palomares,
desatar constelaciones
en galaxias amables
y morir entre muslos.
En ese mismo día
puede retornar la ausencia,
los vacíos viejos
que nos hurgan el entresijo,
y pasar uno puede
de la euforia húmeda
a la aridez de horizontes eternos.
Es el pensar,
el dudar,
el no saber nada
y querer todo saber en ansia.
El qué se puede,
qué no se puede,
si se debe o no,
la conciencia real
sin purgatorio posible
que te absuelva del error
de vivir errático,
como siempre ha sido.
Bienaventurado aquél
que en la simpleza se instaura.

MIRO.

A veces miro,  distante en hielo,  en la atonía,  neutro,  expectador de nada  pues sólo hallo hueco,  vacío insano  ciertos días  de aconteceres sabidos.  Ni me pregunto  ni me contesto,  miro,  veo,  y por mi mirada pasan  las naves quemadas  sin huída posible.  Miro lo que pudo ser,  lo de quizá,  tal vez,  mas no me importa.  A veces,  cuando así miro,  no me importa.  Podría caerse el Sol  o colapsarse todos los Universos,  que miraría,  mientras posible fuera,  miraría,  así,  como un vigía de piedra.

CONFESIONES DE ANDAR POR CASA.

Emborroné los papeles,
los que pierdo a cada poco
con los versos sin laureles
que se leen como de reojo,
con prudente desconfianza,
pues, viniendo de quien vienen,
no procede la alianza
con el truhán que los sostiene.
Porque no es más que vertedero
de sobrantes de esta mente,
terapia de sumidero
de alivio fresco y urgente.
Y podré escribir un día
que las gaviotas me acunan,
que el rosal me desafía
y me refugio en la luna
para escapar del jinete
del gran mandoble de hielo,
con el que se abren los cielos
y se convoca al piquete
de ángeles desahuciados
que se amputaron las alas,
tras arrasar todas las salas
de un Vaticano sitiado.
También escribir pudiera
que tu pelo es mi sostén,
que me libra de la fiera
fugitiva del andén
de la estación de tu boca,
de los regueros salvajes
de los muslos del ultraje,
y mi embestida más loca.
Como ven todo es estafa,
un aria vana en falsete,
delirios tras unas gafas
de un rapsoda petimetre.



HISPANIDAD.

Colgando de Europa,
como queriendo irse
sedienta de Amazonas,
está la Península amarga
donde viven los que no se saben.
Salvando Portugal serena,
franja melancólica que da rostro,
se halla el pueblo que se niega
y cuando se afirma huele a pólvora.
Confusos los colores,
fábrica de estandartes
que ocultan más que arropan,
la sangre cercana
la que más se ansía.
Arrodillado pueblo
de cruz a cuestas,
dónde las letras brillan,
efímeras de locura andante.
Piel bovina siempre tensa,
centrífuga y centrípeta,
más sentencias que argumentos.
España,
dicen que se llama,
lo que existir quisiera
liberando las fosas
nunca restañadas,
heridas de la tierra
que rencor supuran.
España de las derrotas
y las victorias robadas.

Vienen días.

Vienen los aires de hueso roto,
el aire de cuchilla,
la sombra helada
de las palomas muertas
y viene la agonía
de no saber donde estás,
o si estás siquiera.
Hambre de sábana huérfana,
silencios robados
a una almohada agotada.
Vienen días de vaso sin colmar,
de no querer
ni ser querido.

PINCHAZO.

Llevo pinchada la rueda
trasera derecha
de mi locomotor,
y entro en un bucle de giro,
con el mismo sentido
que lo hace mi reloj.
Será que el tiempo circula,
no avanza y especula,
se recrea burlón,
centrifugando la esencia,
mareando la conciencia
hasta que no haya yo.
Que no te hablen de caminos,
transcendencia o destino,
todo es rotación
y en una vuelta te quedas,
que al que va en esta rueda
no lo salva ni un Dios.



Al borde de la derrota.

Tú, que te enfrentaste a molinos
de harinas tóxicas por el asfalto,
que viste del acero el brillo
hambriento por tu encarnadura,
sabiéndote candidato
al exterminio por la jauría,
no eres ni sombra en esta batalla
de lo cotidiano lacerante,
doméstico pero indomable
e inerme estás por ser ajeno.
Porque si dices,
porque si callas,
porque si ignoras,
porque si estallas,
porque te escondes,
porque te evades.
Porque no eres,
qué vas a ser,
ni ser quisieras
aunque nunca se te otorgue.
Y no estás para campañas a las puertas de Stalingrado, fueron cincuenta los inviernos y el enemigo tiene trinchera cierta, sabiéndose portador de bandera vencedora. A saber lo que durará esta guardia, con los dedos escarchados, la osamenta crujiente y el ánimo agrio. Mas tu derrota será retirada, ni rendición ni cautiverio.

PREGÓN.

Se hace saber a todo  aquél que escuchar pudiera,   y pudiendo lo quisiera,  lo que explico de algún modo  que hasta un tonto lo entendiera.  Que la vida son dos días,  sin Dios, ni uno ni trino,  y gastarla en desatinos  cosa es de bellaquería,  gente zafia y de mal vino.  Atesorad primaveras,  ahorrad en necio disgusto,  que cualquiera, de un mal susto,  queda redondo en la acera  o tieso tras un arbusto.  Gozad bien de los amores,  padecer es necedad,  siempre hay oportunidad  o de encontrarlos mejores o, por qué no, la soledad,  que, si se lleva con seso,  elegancia, galanura  y una mano de cordura,  siempre hay un trozo de queso  para un ratón con bravura.  Así que, resumiendo, vivid,  que morir es un momento,  agotad todo el aliento  y en mala hora morid  y que sea sin tormento. 



GATO SIN BOTAS.

Panza arriba en los solares,  noto vuestra mirada entre rendijas,  ansiosa por mis pesares,  mas yo me lamo indolente  y me espanto los picores  de vuestros ojos de avispa.  Tras la valla me sitúo,  íntimo en lo público,  y maúllo cantares picantes  para vuestros oídos rancios  de amarillo misal.  Me reluce la pelambre,  salivas propias y ajenas,  que por mis lomos pasaron  como quien viaja en primera.  Al nivel de los tejados,  vulnerando chimeneas  y a las palomas infartando,  y al ras del suelo,  entre hierbas,  os huelo a la legua y media  y distorsiono los rumbos.  Tendré que vivir la sexta  que de las siete me queda,  ésta y la prórroga,  que hace el siete  que me resta.  Y si he de hacerlo entre vías,  de alero a canalón,  mejor que en solar vallado  de pupilas entre tablas.  Que el ruido me espanta  a la vez que me aburre,  y la sarna no es vocación mía. 


SEÑALES.

Esperar señales,  erguido ante la nube  con la herrumbre dispuesta,  pero esta luz es lenta  y el retardo desalienta  a quien no tiene quien le escriba.  Señal de mí,  porque en señal me tengo,  en prenda y señalado  por el rayo,   que en silencio quiebra  el mástil más recio  y después informa,  con redoble de desatino,  que se consumó el patíbulo.  Señal,  sin seña  de remisión,  que se extravía en el éter  de una borrasca perezosa  que quizá se ensañe  con quien metal enseña.  No da señales de vida  quien de la vida sueña  en el letargo amargo  de la mazmorra de existencia.