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Mostrando entradas de noviembre, 2015

Me llamas, Madrid.

Nuevamente me centro
y al centro acudo,
a la ciudad de luces
y de sombras puras
que atraparon jirones
de mi piel violenta
por las aceras más improbables.
Madrid me llama
y a la cita acudo,
con la cincuentena a cuestas,
sereno y cicatrizado,
al lugar donde el pánico
me abordó en hospital infantil.
Navegaré la Gran Vía,
multicolor río
torrencial de humanos
y respiraré los humos
de la metrópoli magna
donde la fritanga pervive.

VIERNES

Qué decir de este día,  que se desploma bajo la luz silente  del frío más perezoso.  Viernes es,  el de las promesas falsas,  que de mañana ya huele  a cerveza nocturna  y a perfumes transeúntes.  Por fin es, algunos dicen,  en periódico ciclo  como si la vida cambiara en esencia  por un asueto breve,  probablemente fallido.  Viernes hay de dolores  y de consuelo de tontos,  pues tontos somos  en la arquitectura de los almanaques.  Desde las laborales celdas  a las ventanas clamamos,  queriendo cazar el aire  de alguna falda voladiza  de quien transita este viernes.  

PARÍS

Hombres negros de dioses en la boca
infestan el Sena de peces carnívoros
de odio de plomo.
La sangre libre riega los surcos
donde la libertad germinó.
Europa herida,
África agonizante,
y las mareas del pánico
se cruzan en las alambradas,
igualadas en lo atónito
por el terror en versículos.
Pájaros negros atusan sus alas
y la sombra se cierne
sobre los fuegos inminentes.
Nada cambia cuando la sangre es río,
y la sangre suele
reclamar hogueras
que no nos salvan de nosotros.

RESBALADIZAS CALLES.

Resbaladizas son las calles de humedad vestidas.  Calles que a los templos llevan,  aun ignorados,  templos muertos con soberbias atalayas de llamada a arrodillarse,   presidiendo las mañanas  de domingos no buscados.  La gente vive,  pasea, conversa y carga  con las rutinas leves  que te anclan a la acera.  Un contenedor travieso,   tras la farola oculto,   juega al escondite  con el que sólo mira.  Mira y por mirar no aprende,  más testifica  en el proceso largo  de este crimen de existencia. 


RAPSODIA EN ROJO.

En rojo se pinta esta ciudad de manzanas rotas en borde de vaso fino.  En rojo se prohíbe y se cierra,  ordena la parada  porque en lo estático se instala  y hacia atrás mira.  De lo que fue en rojo  y en rojo se funde.  En rojo del carbón  en la cocina del vale  y en rojo de banderas  de dos siglos de derrotas.  Luz roja en la calzada,  en las aceras luces rojas  de garrafón y medias baratas  dónde las penas se ahogaron.  Queda el bronce,  nostálgico ornamento,  rojizo de lloviznas  y verde de ansiedades. 

ESTÁN AHÍ.

Están ahí,  apoyados en las barandas de la vida neutra,  espectadores de tu tránsito por la cinta de este matadero,  indolentes y entretenidos,  matando el tiempo a mirada de zoológico  como si no fueran bestias de evolución corta.  Instalados en la tribuna oscura,  negros y opacos como sombras lúgubres,  sólo el contraluz les delata ahí,  encorvados y mezquinos,  testigos de la vida ajena  tras haber hecho sus camas adúlteras  y desayunado café prestado.  Son legión los que miran,  los que no hablan,  los que balan cual rebaño,  sentenciando verdades del arriero  y haciendo que nada cambie,  o cambie un poco,  forma sin fondo,  silueta,  poca luz para mejor no ver  lo que es evidencia a toneladas métricas.


MI RUTA.

Las lineas de carretera que pisé no recuerdan ya mi ruta, para qué. No soy más que otro viajero, vagabundo y pendenciero, mal aliento de cerveza y de mujer.
No habrá templo que me tenga en un altar, al blasfemo se le suele condenar, sólo cumplo penitencia en celdas de mi conciencia, ni yo mismo ya me quiero perdonar.
Cierto es que algunos versos regalé, el talento, aunque escaso, malgasté, como hice con el dinero, con la hacienda y los aperos, la semilla y los poros de mi piel.
En los antros más oscuros yo peleé, navaja anheló mi carne alguna vez, mas no quedan cicatrices, intactas van mis narices, tuve suerte, o quizá nací de pie.
Entre sábanas no me puedo quejar, amé mucho y tuve que desamar. De la miel a la amargura, de la nube a la locura, en buen puerto he tenido que atracar.
Y en esta orilla del río me senté, ni los peces me saludan, no hay por qué, ya no sé ni lo que espero, cazo imágenes a dedo, y las cuelgo de las ramas de un laurel.