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Mostrando entradas de marzo, 2016

La noche un suspiro.

Era la noche un suspiro terrible
cuando te hiere lo cercano.
Es la norma prevalecer
y guardar recuerdos
en cargador preventivo.
Postura de superioridad moral
en reserva,
no vaya a ser que te crezcas,
miserable con pasado,
y oses cuestionar lo ajeno.
Situarse es bueno.
Somos tan poco
que tampoco importa.
Que te quieren,
dicen,
con la navaja de memoria
para la tajada oportuna.
Menuda mierda de amor
a cuchillada reservada.

Puede ser.

Puede ser que uno pueda, 
hasta entender quisiera,  mas la pasión no es fórmula  y poco tiene de cierto.  Puede ser que se pueda,  desactivar razones  y flotar en lo propio,  mas tampoco quiero.  Y la ceguera no cura,  la llaga no cierra  y supura humores viejos.  Puede ser que se pueda  pero no puedo  obviar lo propio,  que pasión me embarga  y razón también.

Puede ser.

Puede ser que uno pueda, 
hasta entender quisiera,  mas la pasión no es fórmula  y poco tiene de cierto.  Puede ser que se pueda,  desactivar razones  y flotar en lo propio,  mas tampoco quiero.  Y la ceguera no cura,  la llaga no cierra  y supura humores viejos.  Puede ser que se pueda  pero no puedo  obviar lo propio,  que pasión me embarga  y razón también.

Catálogo ocular.

Hay ojos de gelatina,
huidizos ojos
de mirada viscosa,
breve e insostenible.
Ojos afilados,
resentidos ojos
que arrasan el aire.
Huecos ojos hay,
que el vacío enfocan
y resultan mudos
en la interacción.
Hay ojos estridentes,
que a voz en grito llaman
y te acorralan.
Ojos cantores
de baladas tristes
que te dejan llagas
en el entrecejo.
Ojos de agua,
limpios de sal,
que te evocan la humedad
y la tibieza a granel.

Calleja de los torpes.

En la calleja de los torpes
hay un bar para el silencio,
donde se sirven suspiros
amargos con nuez moscada.
Hay música de trompeta tenue,
envuelta con piano en seda,
y los borrachos cabecean
acordes de luz morada.
En la calleja de los torpes,
los gatos pasean alados de paloma
y las farolas alumbran llovizna.

Siempre igual.

Siempre igual,
por qué no.
Siempre igual
lo impuesto,
la impostura,
y la vida sigue,
siempre igual.
La postura,
el silencio,
algún murmullo, 
pero siempre igual.
Mas la osamenta dura
no tiene tolerancia a la anécdota.
El espacio es poco
cuando se te usurpa la opción.
Y todo cansa
aunque sea hábito.
Uno no vale nada,
mas en su casa no debe
aportar visado
para la pernocta.

SIN NOTICIAS.

Sin noticias del Cielo,  se espera señal visible,  mas la nada es impasible  corriendo tupidos velos  sobre la fuerza imposible  que genera la cabeza,  cuando le falla la pieza  de la razón más plausible.  Y me embarga la pereza  si pienso en todo lo humano.  De lo divino estoy sano,  no padezco esa flaqueza  que se nos va de las manos,  imbuída en nuestra infancia,  fomentando la ignorancia,   por temor a los gusanos  que nos restan la prestancia  que tendría un resucitado,  una vez fuera juzgado por esa familia rancia  del genocida desbocado,  una adúltera paloma  y el fallido cromosoma  del profeta torturado.  Que con su pan se lo coman  los crédulos de agua bendita  y las sotanas marchitas  que a no vivir aleccionan.


ESE ODIO.

Ese odio,  el resentido,  atesorado y ahorrado,  siempre disponible para ejecutarlo,  estría las cortinas  y las sábanas escarcha.  Ese odio,  en vanagloria,  con orgullo expuesto  en las calles mayores de lo cotidiano,  suele engendrar criaturas  encarnadas de rabia.  Ese odio es llama  que toda flor abrasa  y hace inviable cualquier jardín posible.  Ese odio,  irrenunciable,  como si un derecho fuera,  ejecuta las sentencias más sumarias  con poca opción para el recurso.  Ese odio es fiera,  obvia las razones  y arranca de la raíz profunda  de la bestia primigenia.  No es humano,  es animal de mordida necia  y poco espacio deja para la ternura.  Yo no albergo odio,  mas ese odio,  me carga la asadura  de rabia razonada  y el dolor agota  si no encuentra paliativo.

LA EDAD SERENA.

A la edad serena,  cuando el día casi acaba,  hay miradas que se pierden  recorriendo todo tiempo.  Se espera,  pacientemente melancólica,  nada quizá,  o quizá todo,  pero esperar es oficio  que se asume a esta altura  de la estancia.  Ya no es grado la experiencia,  pues no es carga,  y entre juveniles aspavientos,  entre paréntesis,  se saben colocar las tildes  en las sílabas que importan.