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Mostrando entradas de septiembre, 2016

SI FE TUVIERA

Si yo creyera en vuestros mitos,
si arrastrara los versículos de infancia,
las confesiones absueltas
y los pecados por cometer,
os prometo que hoy mismo
me arrodillaría.

Hoy mismo recorrería descalzo
cuanto santo camino surca el orbe,
cargaría en el costal
toneladas de madera tallada,
lustrada con pan de oro,
y lanzaría saetas de quejido
desde todo balcón al que escalara.

Ofrendaría mi vida en sacrificio,
a cambio de una sola providencia.

Me impregnaría de incienso
y prendería toda las velas de los templos.
Cartujo silencioso,
todos los votos juraría.

Si fe tuviera,
al mismo Satán mi alma vendiera.

Mas desnudo estoy del atavismo,
de crucifijos y genuflexiones,
y no me queda más que la confianza
en lo humano y su pericia
para aliviar el pánico
por lo cercano,
por lo mío,
y caminar erguido,
sosteniendo la carga
que los azares imponen.

NIÑOS DE POLVO.

Sigo viendo niños de polvo,
niños de escombrera
bajo el rugido necio
de metrallas adultas.

También veo niños de agua,
como nenúfares marinos
decorando las olas
con cadáveres en viaje,
niños de arena y espuma,
niños de olvido.

Veo niños de hojalata,
desmontados cual juguete
por manos leñosas
y baba verde.

Veo niños en muestrario,
mercadeados al gusto
del cliente,
ganado de saldo
con marchamo de importación.

Veo niños que duelen,
niños sin hada,
sin ángel de custodia,
sin fábula
ni canción de cuna,
durmiendo de prisa
en un rincón sucio
de la conciencia adulta. 

LA CAÍDA DE LA HOJA.

Se va el estío
y el hastío
da muerte dorada
a la hoja caduca.

El viento canta un aria triste
mientras la hojarasca danza
y hay lágrimas suspendidas
en cada trozo de aire.

Vuelve a paso lento
la melosa melancolía
por el sendero alfombrado
de ángeles caídos.

El árbol viejo se desnuda,
resignado,
esperando las nieves
que abriguen sus maderas.

Otoño llega,
navegando un pentagrama de violonchelo,
grave melodía de luz anaranjada.

Romancero de lo cotidiano.

No llego a la altura,
no doy la talla,
carezco de estatura
moral en la batalla
que se libra en esta sala,
en la cocina,
en la alcoba, la vitrina
donde se esconden las alas.

No doy la nota,
siempre suspendo,
y asumida la derrota,
aunque me haga el estupendo,
el ánimo llevo a jirones
y esta fiebre no me baja,
la razón se desencaja.
Sólo  sueño con gorriones
bajo la encina bailando,
con la sombra especulando,
despojados de emociones.

Será la vejez cercana,
el saldo de lo vivido,
lo que trae esta desgana,
este aroma fallecido,
este estar sin insistencia,
este sol descolorido,
este ser desconocido,
esta vida en apariencia.



LEYENDA URBANA

He oído que dicen  que alguien dijo que somos,  somos leyenda,  leyenda urbana,  y porque dicen,  somos. 
Somos leyenda,  somos historia efímera,  somos relato,  ficción de anónimo  en papel mojado. 
Una experiencia,  un roce,  un leve aliento,  somos lo vivo  en un sueño novelado,  palabras,  huellas en el barbecho. 
Leyenda urbana  de asfalto liso,  reflejo de escaparate  multiplicado  en el rumor. 
Somos lo que alguien dice  que vio algún día,  somos leyenda,  leyenda urbana,  lo que no es. 

ASTILLA DE LUNA.

Sabiéndome malherido,  con esta astilla de luna  que mi pecho abre,  sigo camino al exilio  desertando de las certezas. 
Fugitivo de las fechas  y los relojes en llamas,  me alimento de burbujas  de tiempo perdido. 
Duermo a ratos,  arropado con sonatas  para violín anciano,  sobre las hojas muertas de un perenne otoño. 
Algún que otro día  sonrío a las libélulas  y a los gorriones saludo,  formalmente,  que lo cortés da  más que quita. 
Riego las flores  de mi barba cana  y en mis huellas dejo  algún verso perdido. 

GRIS HABANERA.

Yo que soy de las orillas,  fronterizo  y a la espera  de marea favorable,  expectador de los naufragios,  tengo alma de árbol muerto,  desarraigado y fugitivo,  que navío busca  para travesías inciertas. 
En los días de lodo,  el hundimiento te reclama  y abraza tu tropiezo  con ternura arenosa. 
La corteza seca  pide beber de lo turbio  y en el alga se refresca  a la espera del embarque  de los remos perdidos. 
Habrá gaviota homicida  en cualquier playa en abandono. 
Mientras tanto,  tararear habaneras  de emigrados urgentes  acaricia el ánimo  de lo inevitable.