viernes, 4 de agosto de 2006

FÁBULA DEL CAZADOR DE FLORES

Aquel cazador de flores,
de pétalos coleccionista
que acechaba en los jardines
o en las lomas indómitas,
siempre acabó enredado
entre tallos espinosos,
o despedido
hacia la ortiga.
Sediento de los néctares
que barnizaran su alma,
ignoraba las marañas
y los panales,
que vertían enjambres
de abejas preventivas,
sabedoras del expolio.
Érase un cazador,
o una presa,
dependiendo del bosque,
de lo acotado,
furtivo o con licencia,
malogrado siempre
por su afán,
por el ansia de aromas,
de colores.
Y desistió,
optó por la compra
de esencias a granel
y colores sintéticos
de alta resolución.
Y así murió,
marchito en su tiesto,
empachado de sol
entre persianas,
añorando manchas de polen
en sus yemas de cayo.
 

LAS PALABRAS QUE NO EMIGRAN.

En la rendija está la huída y en la bisagra lo posible mientras el viento amarillo barre las aceras negras. En tu mirada de almíbar ...