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NOCTURNO.

Oviedo nocturno
en la ventana insomne
del degollado no muerto.

La ciudad parece maqueta
en vitrina expositora
y el degollado se asume expuesto
a las miradas furtivas,
a la atracción del mal ajeno,
atracción en la parada
de los monstruos.

Oviedo nocturno
invade la estancia
del silencio y observa,
inquisidor y vetusto,
el sueño volátil
del degollado no muerto,
cual si fuera reliquia
o sábana tiznada.

TAREAS, DEBERES Y OTROS EJERCICIOS.

A medida que mejoro,
la agenda se empacha
de tareas posibles,
más que convenientes.

Primero,
las preventivas
del retorno del mal
que al degüello me trajo.
Parece que partículas,
con precisión bombardeadas
contra el maltrecho cuello,
barreràn las sombras
de una cruel reconquista.

Restablecer en precario
la palabra hablada
con técnica y voluntad,
por saludaros,
mayormente,
que soy de oratoria escrita.

Seguir aprendiendo
de lo que sé,
lo que nunca supe
y lo que menester fuera.

Compensar,
en la medida de lo imposible,
los afectos recibidos
desde los míos,
cercanos y lejanos,
propios y prójimos.

Recuperar en lo que pueda
la labor de guía
de quien encarné
y criar no pude,
la genética que al planeta lego.

Amar más a quien me amó,
insiste y persiste
y me hace casi prioritario.

Vivir, camaradas,
al cabo,
pues al cabo estamos
en cada amanecida.

RAPSODIA EN GRIS.

Escucho música en riada
mientras deshilacho tramas escritas.

Aislado de los visitantes ajenos
por dos auriculares
que forjan campana aislante
de los que saben de todo,
sin demostrarlo
y sin tú pedirlo.

El pasillo se atosiga
de rostros angustiados,
rostros congelados
por dramas de diverso peso.

Hoy retornó,
ahí fuera,
el gris autóctono que,
aunque no lo crean,
filtra serenidad hacia dentro,
espesando los colores
y endulzando los gestos.

Mejor para el degollado
que ese Sol soberbio
que se mofa de los cautiverios.


SINOPSIS.

Imagen
Tras padecer infancia  donde el miedo sonaba  a cerradura intempestiva,  refugiándome en islas  de tesoros inciertos  a letra impresa,  mis labios torpes  supieron del beso. 
La voluta de algún humo prohibido
rizó mi ánimo en los años tempranos. 
A fuerza de luces,  me desnudé de mitos y pánicos sagrados  y nadé en arroyos de piel prójima,  buscando almas,   hastá que desvelé la estafa  de la pasión primate. 
Sé a qué huele  el aliento de la muerte,  que no es más  que el deshilachado cabo  del cordón trenzado. 
Casi nunca gana el bueno  y el placer no es culpable. 
No hay justicia  que por poética se defina  y quien bien te quiere  rara vez te hará llorar.

TENGO DÍAS.

También se me derriten las horas,
también me disuelvo en los espejos
y los sonidos se tornan adhesivos.

Sí tengo días viscosos,
de corto recorrido,
y me estorba lo amable.

Motivos tendría,
quizá,
para pequeñas retiradas,
breves rendiciones estratégicas,
en tanto lo orgánico
no deserte tanto de mis filas.

Sí,
tengo días
de gelatina insípida,
de herido de amor huído,
de versos más tristes esta noche,
de olmo viejo hendido por el rayo.

Sí,
tengo días que también suman.

LUZ ABARATADA.

La luz de la ventana  se abarata al uso  y pinta colores apagados  sobre la ciudad gastada. 
Dentro nada cambia. 
Se vive,  se duele,  se cura,  se muere  y los días pasan  en gotero lento. 
Las fechas se diluyen  en almanaques variables. 
Los libros se agotan  de aportar argumentos  y los auriculares se funden  en listas de reproducción  demenciales. 
Siempre hay  una putada terapéutica  que te duela por curarte. 
Descolgar luego la sonrisa  qué evacúe los fantasmas  pues el lamento envenena.

ALBORADA.

Saludemos la mañana
en este giro de la esfera
y la luz que nos depara
esa estrella magna y fiera.

Que otro día se decanta
por las laderas y cimas,
de alguna cama se levanta
una belleza  y su herida.

Y es que lo bello hiere
y mientras hiere hay vida,
pues la caricia duele
porque se da por perdida.