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Mostrando entradas de julio, 2016

NOSTALGIAS.

Fue en el tiempo
de los relojes parados
en que hubo un hombre
que pintaba pájaros dorados
en las ventanas cerradas.

Nadie rezaba
y se mentía en verso,
a doble espacio
en leyenda ilustrada.

Sólo se lloraba
de alegría inabarcable
y se amaba a tiempo,
a destiempo
y a contracorriente
en ríos de melaza.

Los niños tenían alma,
pequeña de gorrión silvestre,
y trinaban en bandada
por las esquinas del aire.

Era el tiempo
de los momentos puntuales,
la velada en vela
y las mañanas postpuestas.

Tiempo de besos
siempre robados,
amor sin recibos
y hogar sin fronteras.

SI ASÍ FUERA.

Si lo pidieras,
anidaría en tu ingle
como golondrina migrante,
usurpando tus reductos.

Templaría el trino
y, en el aleteo,
te vestiría de brisas
importadas de oriente.

Si quisieras,
a demanda,
te robaría el aliento
para amasar canciones
con barro antiguo.

Si lo dices,
moriría a diario
entre los pilares
de tu templo líquido,
embalsamado en tus vasijas.

Si así fuera,
así sería.

EN ARENA.

En arena, yo construyo,  el poder de los castillos,  de fortaleza, la fuerza,  siempre arenisca  de los tronos forjados  sobre hierros y ceniza. 
En arena de lo efímero,  dependiente de mareas,  vientos, gentes,  mar y espuma,  pues es el poder arena,  polvo eterno,  hierro breve. 
Erijo las atalayas  en barro salino,  con esencia de derrumbe,  pues la altura no perdura  y habrá un niño,  lo más leve,  que devuelva a la arena  a su ser de lecho  para oleadas de amor furtivo,  espumas tibias  y refugio del cangrejo. 

TE DOY LA PALABRA

Te doy la palabra y tú la ensucias, la arrastras por el lodo de tu carencia, la manoseas, la violentas y la abandonas moribunda junto a cualquier cuneta.
Mi palabra es pobre, pobre de solemnidad mas no mendiga, que antes roba de huerto fértil que ruega caridad a la puerta de tu templo.
Te doy la palabra como el que da caricia y vas tú y la muerdes, con rabia de alimaña acorralada, por miedo a lo que aporta.
Mi palabra es a granel, a porción sin etiqueta, sincera porque de mí sale, no de la manufactura o la industria de los parnasos.
Te doy la palabra y tú la mutas, la tornas patraña pues la verdad le robas para vestir de cierta tu escasa razón.
Mi palabra el riesgo corre de causar baja en la batalla, para salvar palabras que serán bien acogidas por la gente de palabra, la gente que vive sin desvivir.

EL VIEJO Y EL MAR.

Bañado en tiempo  más que suficiente  para que las mareas no mojen. 
Ajeno a las corrientes  e impertérrito  ante avatares posibles. 
Transitando el oleaje  a pie,  paso lento  y expectante,  sabedor de la gaviota  que sobrevuela,  a punto  para la última llamada. 
No hay quien te salpique  de alegrías vanas  o lágrima a destiempo.
En soledades,  nadador de fondo  en el océano vivido, 
Ya no preguntas por qué,  sino cuándo,  en qué marea  fondeará tu barca. 

El otro lado.

Tan cerca,  tras el espejo más inmediato,  tan lejos,  al otro lado. 
Me das reflejo breve  desde ese país encantado  que voltea lo que atrapa. 
Conjugada en cristal,  prisionera del tiempo,  mientras mi reloj acelera  engullendo los momentos.. 
A este lado,  los huecos,  donde los gatos no sonríen  y los sombrereros toman descafeinado. 
Si mi mano pudiera fundir el vidrio fronterizo,  comería cualquier seta  para viajar en tu bolsillo.



GUERRA ABIERTA.

Tengo una duda en la recámara,
lista para el disparo
de alguna verdad a medias,
semiblindada.

Me contradigo a ráfaga,
casi siempre a quemarropa,
y recojo los casquillos
de las mentiras piadosas,
también de las crueles.

Me atrinchero en los temores
mas no hay plan de retirada.
Morir matando certezas,
verdugo de los desalientos.

Izo la bandera transparente,
que amortajará el cadáver
de mi biografía de guijarro,
y canto el himno del afónico exiliado.

NIZA.

En una ciudad festiva,
de fuego aéreo y colorido,
el asfalto bebió sangre
de lo atónito.

El odio viaja solo,
o en compañía de otros,
y siembra niños muertos
que no entendían de profetas.

Las ciudades luminosas
tiemblan en negro,
a cada poco,
cuando la locura golpea
en nombre de lo falso.

Hay juguetes velando cuerpos,
cuerpos rotos que preguntan,
en Niza hoy,
mañana en Siria,
en Bagdad no saben
de las mil noches,
sin la una en estallido.

Malditos sean
todos los dioses,
temerosos de lo libre,
que arrodillados nos pretenden.

VERANO EN MIERES.

Sorteo las terrazas plateadas,
atestadas de madres de color fucsia
y niños felinos.

No quiero mirar a la gente
y, sabiéndome mirado,
un cigarrillo enciendo y pienso:
"Me estoy matando".

Me estoy matando,
lo llevo haciendo mucho tiempo.
Desde que vivo
vida me sustraigo.

Los taxis siguen anclados,
en el muelle de la acera
más resbaladiza,
a la espera de crucero.

Pequeños corros de hombres de vinagre,
por las esquinas ampliadas
para carritos de cascabel,
intercambian memoria y amargura,
mala fe y mentiras desveladas.

El teléfono vibra,
como quejándose,
notificación de red.

Nadie llama a quien no tiene
quién le escriba.




DESECHOS DESECHABLES.

Bastaría un aullido de paloma ciega
para que la Luna derramase lágrimas blancas  por los asiduos a cualquier lugar,  los frecuentes,  habituales de cualquier sospecha,  que salpican las calles de ciudades de hojalata  con su presencia prescindible. 
Adictos a algún decálogo,  ávidos de pertenencia,  corean el balido más tribal  o el aullido más primate. 
Impecables rostros planchados  a vapor de inercia,  fusilando espejos con teléfonos dorados,  pueblan las redes  como atunes de almadraba. 
Discurso de voz en grito  y golpe fácil,  casi siempre traicionero,  sólo empatizan con sus autos,  desde los que regalan sonidos maltratados  de fácil rima,  como sermón apocalíptico  para quien les sufre. 
No aman,  toman,  a fuerza de celo de equino,  apestando lo que tocan  con afiladas manos   y la baba destilada,  rugiendo en el festejo,  alarde de bragueta de caverna. 
Desechos desechables,  producto nuestro,  de la desidia inoculada  por antiguos libros  y modas nuevas. 

Habrá un día, mujer.

Habrá un día en que la luz te moje,   lavándote las culpas que nos tatuaron  y del miedo serás libre. 
Sin camisa de espinas,  desnuda de los hábitos  y las máculas de la patraña.  Abierta al viento de lo conocido,  ave blanca serás,  sobrevolando girasoles de papel escrito. 
Conocerás la piel,  la que ya nunca será dueña,  piel amiga,  amada quizá,  sin tratado de adhesión. 
Nadie te dirá que frutal naciste,  pues tú gobiernas el árbol y el sendero. 



MURAMOS OTRO DÍA.

Afán incandescente  tenemos en la fricción  de las pieles tibias,  constelándonos en el estallido  de los planetas que alineamos. 
Descompuestos en átomos  que reagrupamos tras el jadeo,  siempre en ascenso,  tendiendo entre sábanas  escaleras soberbias  hacia cualquier olimpo. 
Dame el ámbar primitivo  que fundiré con mi fiebre arcana  y moldearé ídolos blasfemos  en ofrenda a tus altares. 
Esta comunión salvaje,   de pan de cuerpo  y vino de boca,  se consagra en el ansia  que nos mata  y nos resucita,   mientras se expande este universo por un lecho alado. 
No hay conciencia  cuando la condena es cierta,  vuela con mi sangre pasajera  y muramos otro día.