VERANO EN MIERES.

Sorteo las terrazas plateadas,
atestadas de madres de color fucsia
y niños felinos.

No quiero mirar a la gente
y, sabiéndome mirado,
un cigarrillo enciendo y pienso:
"Me estoy matando".

Me estoy matando,
lo llevo haciendo mucho tiempo.
Desde que vivo
vida me sustraigo.

Los taxis siguen anclados,
en el muelle de la acera
más resbaladiza,
a la espera de crucero.

Pequeños corros de hombres de vinagre,
por las esquinas ampliadas
para carritos de cascabel,
intercambian memoria y amargura,
mala fe y mentiras desveladas.

El teléfono vibra,
como quejándose,
notificación de red.

Nadie llama a quien no tiene
quién le escriba.




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