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Mostrando entradas de abril, 2016

PRETENCIOSO MONÓLOGO DEL CABALLERO IMPOSTADO.

Misterio parece,
amigo Sancho,
el afán humano
por ajar lo bello,
cual si ya no fuera efímera
toda vida siempre breve.
Porque el hombre
la flor corta,
asesinándola en plenitud,
para decorar por horas
su aposento gris,
o para agasajar doncella,
dama o meretriz,
con el fin último
de la carnal confluencia.
Todo viene de ahí,
querido Sancho,
de los instintos bajos
del animal que nos habita,
como si la vida dependiera
de saciar los apetitos,
sin más contemplación
por el mal hecho
a tal propósito.
Mas no creas,
viejo amigo,
que será este hidalgo
quien condene los placeres,
que son almíbar
en el tránsito amargo
hacia el final suspiro,
mas la belleza no debe
sacrificarse a la apetencia,
pues observar lo bello,
placer es donde los haya.

ANDANZAS.

Peregrino en las cinturas,
entre muslos, refugiado,
de malos vientres, exiliado,
en algún lecho la impostura
porque latir es un engaño
que finje la encarnadura
y la vida es menos dura
sin soldar a puro estaño.
En alcobas dejé prendas,
jirones de aquellos años,
cuando bebía en los caños
de fuentes de las haciendas
que yo allanaba alevoso,
como rufián pretencioso
que cabalgaba sin riendas
en dirección a El Toboso,
para raptar Dulcineas
o alguna Aldonza, más fea,
tampoco fui escrupuloso.
Y puede que no me crea,
convencerle no es mi afán,
cómaselo con su pan
que a mí ya el tiempo me arrea
y puede que en un chaflán
emboscada esté mi hora,
y aunque busque la demora
el resistirse no es plan.

FLOR EN LA ESCOMBRERA.

Otro domingo a la espalda,  teñido de sol miedoso,   y en la garganta ese poso  de café viejo y canalla,  el cigarrillo alevoso tras la tostada cerveza,  todo acaba, nada empieza,  en este día casposo.  Para aliviar mi cabeza,  vierto rimas a granel  sobre invisible papel  de virtuales certezas.  Cuando se escarcha la miel,   en el frasco de a diario,  escapar del vecindario  te protege más la piel  de la hoja de calendario  que ignora las primaveras,  estrechando las aceras  de la calle del calvario.  Por eso llevo a mi vera  cámara con objetivo,  el ojo más subjetivo  que ve flor en la escombrera. 

DE NUEVO CUÑO.

Quisiera ser de nuevo cuño,  recién llegado,  fresca llovizna en la tierra vieja,  mas no podrá ser.  Tiempo llevo ya en la escena,  cual perchero ignorado,  y la corteza arreció  en torno a mis savias.  Sobrado tránsito  para nuevo sello  en este viciado envoltorio  que no aparcó en consignas.  Envidia de la esperanza,  del entusiasmo iluso  que ya no cuaja en mis costuras.  Quisiera no pecar tanto de resabiado,  que los himnos nuevos me elevaran  en levitación sobre banderas de concordia,  mas los himnos huelen a templo  y las banderas son mordaza,  coraza para los miedos  que yo,  a éstas alturas,  no padezco.  Aun así,  a regañadiente leve,  como perro viejo,  dejadme ver otra cosa  que ya bien estuvo de tanto mal,  y no hubo fracaso  que mejora no aportara.

Sonata de primavera.

Recién salida de la crisálida,
cromática en insolencia,
revolotea estruendosa,
ajena a todo contexto.
La mariposa malva,
que revista pasa
a las flores genuflexas
que sus cálices otorgan sumisas
a la beldad aparente,
no sabe de otra cosa.
Que sabrá de lo efímero
del vano esplendor,
ni de las telas de araña
de adherencia insalvable.
Qué sabrá de las alturas
plagadas de pájaros voraces
de color y almíbar.
El fulgor de los objetos
de posesión instantánea,
la risa fácil
y la caricia grata,
narcotizan el vuelo
entre pólenes tóxicos
de primavera alérgena.
Rechaza toda idea
de estaciones menos gratas,
despreciando elementos
que anuncien peores climas.
Mas no todo es aleteo,
la llovizna es implacable
y los vientos cargan sal
de crueles oleajes remotos.

DESARBOLADO.

Miro el agua que se desploma
como el que ve llover,
porque ahora llueve,
y las luces desteñidas
de las gentes átonas
bajo paraguas sumisos.
Me emborracho de desidia,
seca, en vaso ancho,
sin hielo,
ignorando el orbe
que me transporta.
Esta pereza vital,
diurna y diaria,
que me roba primaveras
donde escasean las flores
de luz nocturna,
es la camisa que plancho
cada mañana.
Miro los charcos
deformando los reflejos
en perfectas órbitas,
ondulando lo cierto,
siempre concéntrico
y centrífugo.
A veces despierto,
sólo para preguntarme
esas verdades sin respuesta
que me anclan al asfalto
como un velero viejo,
desarbolado.

LOS MOMENTOS QUE ME APARTO.

Los momentos que me aparto no son de retirada, son de aire ante el ahogo, cuando los sonidos engrasan mi cuero permeable. Las fugas, las ausencias de presente cuerpo y pasada idea; el no estar en lo inestable, no transigir con el bullicio de los ritmos de culo en pompa ni con vecinos paranoicos de televisadas escaleras; es todo más que necesario para no despertar el grito. El aullido que me habita, latente y rabioso, me muerde a cada poco esta entraña erosionada de arenas de todo viento que el mapa me recorre. Sé bien que hay quien me sufre, quien padece la anomalía del lobo desterrado, sin entender de curas para lo incurable. Porque yo vivo en la huída, furtivo en todo túnel, fueron varios los alambres necios que segué a mordiscos.


LO RUINOSO.

Tiene lo ruinoso  de la edad que avanza,  un regusto amargo  de escombro venidero.  Belleza sellada  por el polvo cruento,  lo inhabitado,  desierto sin duna  que el prójimo ignora  en su tránsito de rutina.  Perecedero todo,  la música tañida  en telaraña arcaica  es trasfondo,  banda sonora  de escena final,  fundido en negro. 

La buena hora.

La buena hora del día
es la del rayo furtivo
que en la persiana se filtra
y te regala beso leve
de luz templada.
La buena hora
es la que no transcurre,
la que se estanca
en el vuelo de tu mente
por países recónditos.
La buena hora,
huérfana de reloj,
es la de la piel de incendio
y saliva volcánica.