jueves, 7 de abril de 2016

DESARBOLADO.

Miro el agua que se desploma
como el que ve llover,
porque ahora llueve,
y las luces desteñidas
de las gentes átonas
bajo paraguas sumisos.
Me emborracho de desidia,
seca, en vaso ancho,
sin hielo,
ignorando el orbe
que me transporta.
Esta pereza vital,
diurna y diaria,
que me roba primaveras
donde escasean las flores
de luz nocturna,
es la camisa que plancho
cada mañana.
Miro los charcos
deformando los reflejos
en perfectas órbitas,
ondulando lo cierto,
siempre concéntrico
y centrífugo.
A veces despierto,
sólo para preguntarme
esas verdades sin respuesta
que me anclan al asfalto
como un velero viejo,
desarbolado. 

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