La buena hora.

La buena hora del día
es la del rayo furtivo
que en la persiana se filtra
y te regala beso leve
de luz templada.
La buena hora
es la que no transcurre,
la que se estanca
en el vuelo de tu mente
por países recónditos.
La buena hora,
huérfana de reloj,
es la de la piel de incendio
y saliva volcánica.

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