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Como si.

Como que el amor se esconde
en las rendijas del pánico
y todo es permanencia.
Como si la carne fuera
algo más que un minuto.
Como si el aire tuviera
luz impresa en la garganta.
Como si el deseo no fuera,
como si negar es la norma,
como si vivir fuera ley.
Como si algo fuéramos
más allá del instante.

PALABRAS DESDE EL MURO.

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Hoy,  víspera de incertidumbres,  en la frontera de un año,  decirte algo quisiera  que de algo te sirviera,  si tú a bien lo recibieras. 
Vivimos tiempos de muro,  de fachada mal lucida,  yo soy paredón que mira  con ojo seco, maduro. 
Ser tu pared yo quisiera la que cubre tus espaldas,  aliviándote las cargas  que la vida te requiera.  
Pero hay que barajar azares,  la existencia es cosa fiera,  esta escarpada escalera  se forja sobre avatares. 
Constrúyete entre la gente,  cimenta el conocimiento  sin evadirte en los cuentos  de los templos indigentes. 
Encontrarás quién te ame,  y mucho habrá que te duela,  forma parte de esta escuela  tan hermosa como infame. 
Pero ante todo sé buena,  sin esperar premio o gloria,  dejarás mejor memoria  si cabalgas sin espuela. 
Mira adelante serena,  la rabia da mal consejo,  te lo ladra un perro viejo  que mordió la luna llena.

La verdad.

La verdad sé que se irá conmigo,
los demás seguid equivocados,
siempre habrá quién prefiera lo errado
a la cruda verdad sin abrigo.
Que es mejor habitar ilusiones
y soñar con una vida eterna,
a saber que, si estiras la pierna,
de nada te valdrán comuniones.
Ahí os dejo vuestro mundo amable,
de rodillas ganad vuestros cielos,
que a medida que yo perdí el pelo
más dudaba de lo perdurable.
Si molesto con mis desvaríos,
bien os jodan que bien me jodieron
con los cuentos que a mi me vendieron,
desmontarlos me dejaron frío.

Más quisiera.

Más quisiera yo
que tu vida fuera leve,
ave peregrina
de mis aires pasados.
Pero la vida pesa
y los encuentros son necios.
No toda mano es amiga
y las sangres se emponzoñan
en los manantiales vivos
de los posibles amares.
Más quisiera yo
que siempre querida fueras,
que quisieras sin distingos
y que amar no amargara.
Más quisiera yo
que abrigo ser,
siempre y cada día,
para expulsar las escarchas
de tus próximas fronteras.
Más quisiera que no dolerte,
desde mis errores de bulto,
mis peajes erráticos
por autopistas en grieta.
Más quisiera
que más quererte
si más cupiera.

El lado absurdo.

A veces vuelve la hemorragia
de sangre verdosa,
rica en hiel,
de la estupidez perpetrada.
Debió plegarse el Universo
y me abdució el lado absurdo.
Atónito a cada poco,
por los transtornos transito
como quien vuela
sobre el nido del cuco.
Y la rabia está,
sublimada por lo conveniente
que no lo es tanto.
Soy yo y lo negado,
lo que se obvia de mi entraña
por caprichoso incomodo,
y el yunque gastado
de golpe seco.
Martinete de fragua
y yo escondiendo sonidos.

Villancico apuñalado.

Cascabeles oxidados
bajo el dorado relumbre
de escaparates blindados.
La estrella de Oriente
es un dron armado
de letal asepsia.
La nieve no es dulce
cuando el frío arrecia
sobre los harapos
en portales de cartón.
Tocan a degüello
las hordas peatonales
afilando las tarjetas.
Agoniza el fantasma
de las navidades pasadas
con el hígado adicto
a sembrar discordias.
Mientras,
miles de cerilleras huérfanas,
expiran en sueños blancos.

DICIEMBRE INCIERTO.

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En este diciembre incierto,  en este país plegado,  se acerca un domingo en urna,  acristalado en pecera  de errantes peces tornasolados,    recontando incertidumbres.  Está España,  Quijote y Sancho,  anversos y reversos,  diestros y siniestros,  luz y reflejo deformado.  Arriba y abajo,  está la gente y el ansia,  lo posible y lo robado,  bajos luces comerciales  y la luz parda  de la parda España  con querencia hacia la fosa,  toro siempre agonizante  en este coso de fanfarrias.  Clarín y bandera,  estandarte inflamado  o ultrajado por la infamia,  cubriendo ataúdes  que no entienden de campañas.

Azul profundo.

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Metralla y balas
de la alimaña urdida,
entre versículos envenenados,
se lleva las vidas de los que valen.
De los que valen porque sirven,
sin esperar alientos,
al pueblo que les viste
de azul profundo.
Pueblo amputado
de brazos fieles,
silenciosos miembros
que "para la libertad" retoñan.
Azul sereno,
modesto azul
que hoy llora.

Me llamas, Madrid.

Nuevamente me centro
y al centro acudo,
a la ciudad de luces
y de sombras puras
que atraparon jirones
de mi piel violenta
por las aceras más improbables.
Madrid me llama
y a la cita acudo,
con la cincuentena a cuestas,
sereno y cicatrizado,
al lugar donde el pánico
me abordó en hospital infantil.
Navegaré la Gran Vía,
multicolor río
torrencial de humanos
y respiraré los humos
de la metrópoli magna
donde la fritanga pervive.

Estúpido planeta.

En este planeta estúpido,
anomalía del universo conocido,
caminamos la rueda
mientras los niños muerden amapolas,
por no comerse la carne del engendro,
voraces bestias que pretendemos en vitrina.
Cuánto hartazgo de especie,
necia en lo primate,
y lo cruel me invade,
racional y psicópata,


VIERNES

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Qué decir de este día,  que se desploma bajo la luz silente  del frío más perezoso.  Viernes es,  el de las promesas falsas,  que de mañana ya huele  a cerveza nocturna  y a perfumes transeúntes.  Por fin es, algunos dicen,  en periódico ciclo  como si la vida cambiara en esencia  por un asueto breve,  probablemente fallido.  Viernes hay de dolores  y de consuelo de tontos,  pues tontos somos  en la arquitectura de los almanaques.  Desde las laborales celdas  a las ventanas clamamos,  queriendo cazar el aire  de alguna falda voladiza  de quien transita este viernes.

PARÍS

Hombres negros de dioses en la boca
infestan el Sena de peces carnívoros
de odio de plomo.
La sangre libre riega los surcos
donde la libertad germinó.
Europa herida,
África agonizante,
y las mareas del pánico
se cruzan en las alambradas,
igualadas en lo atónito
por el terror en versículos.
Pájaros negros atusan sus alas
y la sombra se cierne
sobre los fuegos inminentes.
Nada cambia cuando la sangre es río,
y la sangre suele
reclamar hogueras
que no nos salvan de nosotros.

RESBALADIZAS CALLES.

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Resbaladizas son las calles de humedad vestidas.  Calles que a los templos llevan,  aun ignorados,  templos muertos con soberbias atalayas de llamada a arrodillarse,   presidiendo las mañanas  de domingos no buscados.  La gente vive,  pasea, conversa y carga  con las rutinas leves  que te anclan a la acera.  Un contenedor travieso,   tras la farola oculto,   juega al escondite  con el que sólo mira.  Mira y por mirar no aprende,  más testifica  en el proceso largo  de este crimen de existencia. 


RAPSODIA EN ROJO.

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En rojo se pinta esta ciudad de manzanas rotas en borde de vaso fino.  En rojo se prohíbe y se cierra,  ordena la parada  porque en lo estático se instala  y hacia atrás mira.  De lo que fue en rojo  y en rojo se funde.  En rojo del carbón  en la cocina del vale  y en rojo de banderas  de dos siglos de derrotas.  Luz roja en la calzada,  en las aceras luces rojas  de garrafón y medias baratas  dónde las penas se ahogaron.  Queda el bronce,  nostálgico ornamento,  rojizo de lloviznas  y verde de ansiedades. 

ESTÁN AHÍ.

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Están ahí,  apoyados en las barandas de la vida neutra,  espectadores de tu tránsito por la cinta de este matadero,  indolentes y entretenidos,  matando el tiempo a mirada de zoológico  como si no fueran bestias de evolución corta.  Instalados en la tribuna oscura,  negros y opacos como sombras lúgubres,  sólo el contraluz les delata ahí,  encorvados y mezquinos,  testigos de la vida ajena  tras haber hecho sus camas adúlteras  y desayunado café prestado.  Son legión los que miran,  los que no hablan,  los que balan cual rebaño,  sentenciando verdades del arriero  y haciendo que nada cambie,  o cambie un poco,  forma sin fondo,  silueta,  poca luz para mejor no ver  lo que es evidencia a toneladas métricas.


MI RUTA.

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Las lineas de carretera que pisé no recuerdan ya mi ruta, para qué. No soy más que otro viajero, vagabundo y pendenciero, mal aliento de cerveza y de mujer.
No habrá templo que me tenga en un altar, al blasfemo se le suele condenar, sólo cumplo penitencia en celdas de mi conciencia, ni yo mismo ya me quiero perdonar.
Cierto es que algunos versos regalé, el talento, aunque escaso, malgasté, como hice con el dinero, con la hacienda y los aperos, la semilla y los poros de mi piel.
En los antros más oscuros yo peleé, navaja anheló mi carne alguna vez, mas no quedan cicatrices, intactas van mis narices, tuve suerte, o quizá nací de pie.
Entre sábanas no me puedo quejar, amé mucho y tuve que desamar. De la miel a la amargura, de la nube a la locura, en buen puerto he tenido que atracar.
Y en esta orilla del río me senté, ni los peces me saludan, no hay por qué, ya no sé ni lo que espero, cazo imágenes a dedo, y las cuelgo de las ramas de un laurel.

PÁJAROS CASTRADOS.

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El vuelo de los pájaros castrados  busca luces en manojo  donde la ceguera impera.  En este hábitat  de aves ornamentales,  con las alas ahumadas  a escape libre,  estampamos en vidrieras  la mentira arcaica  que nos niega.  Abarrotadas andan las calles  de palomas sin mensaje,  mutiladas y necias,  consumiendo migajas  de mala idea. 

ABRAZOS ANTIGUOS.

Hay abrazos antiguos,
por la azarosa vida retardados,
que empujados por las ausencias,
siempre bruscas,
arañan el pecho
y herida dejan.
Hay lágrimas en mi hombrera
y mi camisa duele,
duele porque la falta es grande
y del dolor participo.
Cuánto daña el haber podido,
pero la vida daña
y cuando acaba,
en los demás duele.
Pero la verdad estuvo,
cruel y áspera,
en aquella sala última
de las frases siempre mal hechas.
Que la falta os sea leve,
dentro de lo posible
pues la memoria es agria
y dulce a cada rato.

SOBRE CUBIERTA.

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Cuando las cubiertas enmohecen  y se buscan humos furtivos  en estufas ahogadas,  cual si de cónclave cardenalicio  fuera la historia,  el gato maúlla en la acera,  huído de tejados resbaladizos.  No se sostiene la duda  sobre aleros dibujados  a carboncillo blando.  Bastante es ya transitar,  sortear los líquenes,  para buscar enredos de musgo  desde alturas suicidas.  A calleja viva,  a contrapelo,  se respira sin carbonilla  a riesgo de atropello. 

EN UN MISMO DÍA.

En un mismo día
puede uno abrir los palomares,
desatar constelaciones
en galaxias amables
y morir entre muslos.
En ese mismo día
puede retornar la ausencia,
los vacíos viejos
que nos hurgan el entresijo,
y pasar uno puede
de la euforia húmeda
a la aridez de horizontes eternos.
Es el pensar,
el dudar,
el no saber nada
y querer todo saber en ansia.
El qué se puede,
qué no se puede,
si se debe o no,
la conciencia real
sin purgatorio posible
que te absuelva del error
de vivir errático,
como siempre ha sido.
Bienaventurado aquél
que en la simpleza se instaura.

MIRO.

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A veces miro,  distante en hielo,  en la atonía,  neutro,  expectador de nada  pues sólo hallo hueco,  vacío insano  ciertos días  de aconteceres sabidos.  Ni me pregunto  ni me contesto,  miro,  veo,  y por mi mirada pasan  las naves quemadas  sin huída posible.  Miro lo que pudo ser,  lo de quizá,  tal vez,  mas no me importa.  A veces,  cuando así miro,  no me importa.  Podría caerse el Sol  o colapsarse todos los Universos,  que miraría,  mientras posible fuera,  miraría,  así,  como un vigía de piedra.

CONFESIONES DE ANDAR POR CASA.

Emborroné los papeles,
los que pierdo a cada poco
con los versos sin laureles
que se leen como de reojo,
con prudente desconfianza,
pues, viniendo de quien vienen,
no procede la alianza
con el truhán que los sostiene.
Porque no es más que vertedero
de sobrantes de esta mente,
terapia de sumidero
de alivio fresco y urgente.
Y podré escribir un día
que las gaviotas me acunan,
que el rosal me desafía
y me refugio en la luna
para escapar del jinete
del gran mandoble de hielo,
con el que se abren los cielos
y se convoca al piquete
de ángeles desahuciados
que se amputaron las alas,
tras arrasar todas las salas
de un Vaticano sitiado.
También escribir pudiera
que tu pelo es mi sostén,
que me libra de la fiera
fugitiva del andén
de la estación de tu boca,
de los regueros salvajes
de los muslos del ultraje,
y mi embestida más loca.
Como ven todo es estafa,
un aria vana en falsete,
delirios tras unas gafas
de un rapsoda petimetre.



HISPANIDAD.

Colgando de Europa,
como queriendo irse
sedienta de Amazonas,
está la Península amarga
donde viven los que no se saben.
Salvando Portugal serena,
franja melancólica que da rostro,
se halla el pueblo que se niega
y cuando se afirma huele a pólvora.
Confusos los colores,
fábrica de estandartes
que ocultan más que arropan,
la sangre cercana
la que más se ansía.
Arrodillado pueblo
de cruz a cuestas,
dónde las letras brillan,
efímeras de locura andante.
Piel bovina siempre tensa,
centrífuga y centrípeta,
más sentencias que argumentos.
España,
dicen que se llama,
lo que existir quisiera
liberando las fosas
nunca restañadas,
heridas de la tierra
que rencor supuran.
España de las derrotas
y las victorias robadas.

Vienen días.

Vienen los aires de hueso roto,
el aire de cuchilla,
la sombra helada
de las palomas muertas
y viene la agonía
de no saber donde estás,
o si estás siquiera.
Hambre de sábana huérfana,
silencios robados
a una almohada agotada.
Vienen días de vaso sin colmar,
de no querer
ni ser querido.

PINCHAZO.

Llevo pinchada la rueda
trasera derecha
de mi locomotor,
y entro en un bucle de giro,
con el mismo sentido
que lo hace mi reloj.
Será que el tiempo circula,
no avanza y especula,
se recrea burlón,
centrifugando la esencia,
mareando la conciencia
hasta que no haya yo.
Que no te hablen de caminos,
transcendencia o destino,
todo es rotación
y en una vuelta te quedas,
que al que va en esta rueda
no lo salva ni un Dios.



Al borde de la derrota.

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Tú, que te enfrentaste a molinos
de harinas tóxicas por el asfalto,
que viste del acero el brillo
hambriento por tu encarnadura,
sabiéndote candidato
al exterminio por la jauría,
no eres ni sombra en esta batalla
de lo cotidiano lacerante,
doméstico pero indomable
e inerme estás por ser ajeno.
Porque si dices,
porque si callas,
porque si ignoras,
porque si estallas,
porque te escondes,
porque te evades.
Porque no eres,
qué vas a ser,
ni ser quisieras
aunque nunca se te otorgue.
Y no estás para campañas a las puertas de Stalingrado, fueron cincuenta los inviernos y el enemigo tiene trinchera cierta, sabiéndose portador de bandera vencedora. A saber lo que durará esta guardia, con los dedos escarchados, la osamenta crujiente y el ánimo agrio. Mas tu derrota será retirada, ni rendición ni cautiverio.

PREGÓN.

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Se hace saber a todo  aquél que escuchar pudiera,   y pudiendo lo quisiera,  lo que explico de algún modo  que hasta un tonto lo entendiera.  Que la vida son dos días,  sin Dios, ni uno ni trino,  y gastarla en desatinos  cosa es de bellaquería,  gente zafia y de mal vino.  Atesorad primaveras,  ahorrad en necio disgusto,  que cualquiera, de un mal susto,  queda redondo en la acera  o tieso tras un arbusto.  Gozad bien de los amores,  padecer es necedad,  siempre hay oportunidad  o de encontrarlos mejores o, por qué no, la soledad,  que, si se lleva con seso,  elegancia, galanura  y una mano de cordura,  siempre hay un trozo de queso  para un ratón con bravura.  Así que, resumiendo, vivid,  que morir es un momento,  agotad todo el aliento  y en mala hora morid  y que sea sin tormento. 



GATO SIN BOTAS.

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Panza arriba en los solares,  noto vuestra mirada entre rendijas,  ansiosa por mis pesares,  mas yo me lamo indolente  y me espanto los picores  de vuestros ojos de avispa.  Tras la valla me sitúo,  íntimo en lo público,  y maúllo cantares picantes  para vuestros oídos rancios  de amarillo misal.  Me reluce la pelambre,  salivas propias y ajenas,  que por mis lomos pasaron  como quien viaja en primera.  Al nivel de los tejados,  vulnerando chimeneas  y a las palomas infartando,  y al ras del suelo,  entre hierbas,  os huelo a la legua y media  y distorsiono los rumbos.  Tendré que vivir la sexta  que de las siete me queda,  ésta y la prórroga,  que hace el siete  que me resta.  Y si he de hacerlo entre vías,  de alero a canalón,  mejor que en solar vallado  de pupilas entre tablas.  Que el ruido me espanta  a la vez que me aburre,  y la sarna no es vocación mía. 


SEÑALES.

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Esperar señales,  erguido ante la nube  con la herrumbre dispuesta,  pero esta luz es lenta  y el retardo desalienta  a quien no tiene quien le escriba.  Señal de mí,  porque en señal me tengo,  en prenda y señalado  por el rayo,   que en silencio quiebra  el mástil más recio  y después informa,  con redoble de desatino,  que se consumó el patíbulo.  Señal,  sin seña  de remisión,  que se extravía en el éter  de una borrasca perezosa  que quizá se ensañe  con quien metal enseña.  No da señales de vida  quien de la vida sueña  en el letargo amargo  de la mazmorra de existencia. 

Sistemas.

Dónde va uno a constelarse
cuando es falsa toda órbita.
El egoísmo es motor inmóvil
que todo paso genera
y la caricia se lleva
escamas de piel en desgarro.
Que es el amor estafa,
siempre lleva
más que otorga,
y se ensaña en las carencias
acotando territorios.
La indigencia de razones
que gobierna los entornos
asola las fortalezas.
La telaraña ahoga,
adhesiva y amarga,
reduciendo posibilidad
de redención de purgatorio.
Cuánto paso torcido
precisará una vida
para alinear planetas
hacia una estrella justa.

No espero.

No espero yo más vida,
que bastante ésta acorrala,
ni días de hojas secas
en el sendero escarpado.
Mi rastro es leve
y lo barrerá la llovizna,
no tengo vocación fósil
de perdurar en archivo,
pues igual me dará
cuando no sea.
Agota tanto el testimonio
cuando todo se presencia,
que no habrá pena
en el sobreseimiento.

DEJADME.

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Dejadme a mí en la orilla,  que las corrientes sean vuestras,  que desde la hierba dorada  veré vuestros aspavientos torpes  y las necias brazadas  hacia ningún lugar,  con vocación de cieno.  Dejadme a mí,  que yo me amarro  y me humedezco de brisa,  que al río iré,  pero desnudo,  sin pesadas túnicas  de denominación originaria.  Seguid los cursos que os marcan,  extraviaros en los meandros  entre los juncos de marisma  y sed eso,  masa líquida en avenida.  Soy madera vieja  de chalupa en dique seco  y no quiero nombre,  ni marea que me gobierne.  Dejadme aparte,  tendido al sol tardío,  consciente de los átomos  y las constelaciones.

TRADICIÓN.

Ante vientos de progreso,  de avanzar hacia lo humano,  reaccionan los matarifes  de la canana montera,  con paralela escopeta  o lanza para res brava,  jactándose de tradición  y gomina rancia,  bajo bendiciones lascivas  de banderas expropiadas.  España secuestrada  como idea,  refuerzo del alambre  y las cruces,  bajo un sol exclusivo  para los rostros de raza.  Pero el tiempo avanza  y el hombre no es ajeno,  y la identidad no es estática  ni se funda en el medievo.  Y dejará España  de ser capilla para ser aula,  de coto de caciques  a encinares de esperanzas,  del coso cruel  a la escena de sangre falsa.  Y no volverán,  más que les pese,  generales tuertos  a venerar la muerte  incinerando bibliotecas.  Anecdótica puede ser  lo que ahora llaman caverna,  mas lo oscuro es estridencia,  redoble de procesión  y clarín taurino,  y la rosa se anestesia  con los inciensos. 

Apocalipsis improvisado.

Nos matará la nieve
a quemarropa,
con rabia de avispas,
y velará nuestros cadáveres
una guardia de gaviotas mudas.
No habrá piedad
para los perdidos
entre orillas,
el fuego será viento
de todas las arboledas
y la luz cautiva
dará fe de la avalancha.
Los ángeles sucios,
drogados de cristales rotos,
empuñarán espadas descreídas
contra legiones de apestados.
Veremos todos los infiernos,
en visita guiada
por perros de presa
y las glorias cerrarán por quiebra,
liquidando absoluciones
entre los mendigos de perdones.
Está escrito en piedra de sal
por profetas paranoicos,
lo que no será,
probablemente.

Vente.

Vente a mi huerto
de palomas ciegas,
donde florece el aleteo,
y a la sombra de un árbol
de pañuelos de satén
te entregaré lo tibio.
Vente a vestirte
de aliento herido
y cazaré para ti
luciérnagas perpetuas
que te iluminen la entraña.
Ven a rompernos
las cinturas desbocadas,
cabalgando noches
y madrugadas rojas
de brasa lenta.
Vente,
o no vengas,
no estés siquiera.

No.

No.

La insolencia de la espuma.

Qué insolencia la de la espuma
que nos vomita cadáveres
de infantes atónitos.
Quién mandaría a las mareas
regalarnos la crueldad
de lo que obviamos,
en consejos de administración
o en bursátiles zocos
de la ignominia.
Qué necesidad había
de esa bofetada justiciera
de realidad en crudo
sobre la mesa del salón.
Qué falta de tacto,
la del que a nuestra puerta llama,
cadáver o moribundo
de nuestras guerras en diferido.
Carne de niño
a la sal marina,
cordero pascual
de nuestros festines.

Feliz día.

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Éstas no son mañanitas,
que ni sé cantar madrugado
ni soy un rey hebreo.
Una felicitación torpe,
el día que cumples vida,
de un torpe hijo
que te la debe,
vivida y por vivir.
De ti tengo lo bueno,
que lo malo es cosa mía.
Te llevo en la encarnadura,
en la mueca de la sonrisa
y el ligero verdor
de los ojos por momentos.
Siente mi beso lejano,
madre raíz
de este árbol tortuoso,
tierra de los jardines
y los frutos soleados.
Leona de San Roque,
reina madre
de príncipes desterrados.
Que la vida te lleve en andas
tapizadas de terciopelo,
y te diluvien pétalos
de las rosas más intensas.

GRITA.

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A voz en grito  se ensancha el pecho  y las arenas blancas  se liberan en tornado.  Rebelde,  rebelde es la vida  que por vivir reclama  el aire de las salas  de los hospitales dormidos.  Grita a bocajarro,  a quemarropa aúlla,  que se oiga tu presencia  en los rebaños de silencios  y que las cortinas vuelen  atravesando los estrechos.

TABACO.

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Planteándome estoy
abandonar el humo,
el humo que fumo
en bocanadas de asfixia.
Clavo ardiendo
que la entraña abrasa,
al que me agarro imbécil,
en compulsión suicida.
Por qué será
que lo nocivo embelesa
y esclaviza.
Tanto daño tiene el aire,
la vida a granel,
que precisamos veneno
para curarnos de existencia.
Quizá sea hoy,
quizá otro día,
que no hay promesa cierta
en voluntad de papel,
mas sé que debo
romper la cadena de cristal
que en marioneta me torna.
Puede que me mate
en diferido,
como la vida mata
pues de vivir se muere,
pero preciso libertad
de autocondena,
ser yo sin alcaloides,
lo único que tengo,
y consumir nubes bajas
sin amarillear los dedos.

Agostando.

Como el verano escapa
como escapan los momentos,
las palabras justas
y los deseos ajusticiados,
habrá que apurar el sol
y todas las tibiezas.
Aquí seguiremos,
otoñando en prematuro,
dorando las hojas
con pinceles de llovizna.
Crecerán las lunas doradas
como despedida del estío
y se distanciarán
de nuestro devenir,
siempre inseguro.
Descansarán las playas
de las plagas bíblicas
y se darán al mar,
entregadas y entreabiertas.
Las rutinas viciadas
y la labor ingrata.
Seguiremos en mayoría
siendo rebaño atónito,
a la espera de un gesto,
un silbido,
del pastor que nos mal guíe.
Agoniza agosto,
agostándose en la raíz,
y las pizarras reclaman
polvo de tiza.

EMPUJAN.

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Empujan los muros de la avaricia  perseguidos por plomo nuestro,  el que vendimos  a quien les acribilla.  El miedo y el hambre son ariete  que no repara en hormigones  ni en alambres de cuchilla.  Mientras estallan las lindes,  en barnizadas mesas  de maderas saqueadas  se discuten las cuotas  de la miseria en acogida.  Se nos quiebran los blindajes  de las puertas de cromadas mirillas,  por las que veíamos tiroteos  con mirada morbosa de lejanía.  Están aquí y nos preguntan por qué,  ese porqué que sabemos  sin hallar respuesta decente.  Y nuestras impolutas playas  huelen a cadáver náufrago,  a la carne corrupta  que el mar nos vomita  por ser nuestra,  pues amos nos hicimos  de lo que no se escritura.

DE LA CORRIENTE DEL RÍO.

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Puedes salir a la orilla,  que el río lento parece,  caminar al margen  empapado de tiempo calmo  y dudar de los senderos  que del cauce se te ofertan.  Puedes orear tu breve cuero  en soles de naranja,  recelando de aguas  y verdines,  para volver al curso  que te avanza.  Goza de la quietud  de lo temprano  que tiempo habrá  para torrencial corriente.  Yo te miro desde los años  de la espesa marisma,  raudo caudal,  siempre breve  hacia la desembocadura.

LOS SOPORTALES DEL TIEMPO.

Imagen
Entradas hay que se te ofrecen  que salidas son,  o sólo tránsito  a cubierto del sol crudo.  Mas al fondo  suele toparse cerradura,  reja recia  rancia de herrumbre  de lo innaccesible,  lo vetado evitable,  mas queda opción  en algún lado  para seguir bajo la arcada  o arrojarse a las intemperies,  siempre inciertas,  nunca peores.  Oferta de cobijo  de abrigo incierto,  pues es la certeza mito  en el breve paso  por las callejas. 

Cincuentenario.

De ahora en adelante
será menos,
pues centenarios son excepción
y yo méritos no hice.
Así será mientras sea,
hoy soy,
mi interés es de continuidad.
Pero me sé caduco,
perecedero como hortaliza,
aunque más soberbia haya en pellejo.
Hasta aquí lo que hubo,
que qué os importará,
y a partir de aquí lo que haya,
que el mismo interés os demandará.
Estaré lo que esté,
os atenderé lo que me parezca
y pretendo ligereza de equipaje,
como cantó un poeta de verdad.

Que me dejen.

Imagen
Que me dejen levitar
en este aire de fragua,
este verano alevoso.
Que me obvien
cuando intento
sumergirme en el origen.
Que no merezco yo
el zumbido que me expropia
de mis espacios y silencios.
Que siga cada vida
su curso de meandro
sin inundarme las orillas.
Que envejezco huraño,
mas no víctima
de aves altivas
de alas de cera,
que no estoy para geranios,
que soy de sombra tibia
y en mis cuarteles quiero mando.
No soy pellejo de tambor
y mis cueros no ceden al redoble.

En días que no sé.

En días que no sé,
me acercaré a lo mío.
Lo mío de siempre,
lo de entonces,
cuando me forjaba.
En días que no sé,
me entrego al sol fiero,
al aire horneado
de los veranos verdaderos.
En días así,
de perro viejo,
me sumerjo en las aceras
que sobre ruedas cabalgué.
Son días que no sé,
días sabidos,
previstos e ignorados, 
y en mi lugar
firmaré las edades
del meridiano ya cruzado.

Ser y no estar.

Entornaré las puertas
para aliviar murmullos
y ni asentiré
para no crujir el cuello.
Caminaré con paso al roce,
lento y continuo,
sin alterar las brisas.
Lavaré mi cuerpo
en aurora neutra
para matar aromas de vida. 
Imperceptible,
evitando despertar
lo inaguantable.
Enguyendo silencios
a destajo.
Más los silencios
se expanden en la entraña
de elasticidad finita.
Mejor casi no ser
que ser fricción
que detone el estallido.
Casi no estar,
casi no ser,
ser o no ser,
ser y no estar.

NO ME CREERÉIS.

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Puede que no me creáis si os digo que yo, querer, querer quisiera ir vestido de sonrisa, con el ceño claro de sábana tendida. Es cierto que quisiera, querer quisiera susurrar en seda, profundo y tenue, como en adagio. Cuánto daría yo, dar, dar daría lo que fuera por ser la calma, río límpido en corriente continua. Mas me persigue el ruido, la estridencia, la salpicadura sonora de granizos desbocados que embarra mi rostro de malnacido. Amaría amaros, a todos, a bocajarro, empatizar con vuestras cuitas y tener siempre consuelo, ser caricia, beso leve, mas amar tortura y los desamores son mi plaga. Llevo jirones de cuero viejo por dónde pasaron las caricias. No es disculpa, bien lo sé, pero soy barro seco. No me creeréis, mas yo, querer, querer quisiera.

Cuando la gaviota diga.

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Cuando sobrevuele la gaviota
la leve sombra que proyecto,
quiero tener la barba limpia,
peinada sobre el pecho.
Camisa blanca planchada
con vapores de lavanda
y las manos desnudas
de joya o bagatela.
Quiero oír a un tenor decir
que lucían las estrellas.
Quiero ver a Mononoke
cabalgando un gigantesco lobo
entre montañas feroces.
A Alicia cruzando espejos
y a Audrey frente a Tiffany's.
A Chihiro entre fantasmas,
a Aldonza en un palacio.
Quiero ver a Melibea,
a Julieta envenenada.
Quiero una mariposa japonesa
mirando a un puerto hueco.
Quiero soleares por Nueva York,
moscas de pupitre
y ángeles marinos.
Cebollas de escarcha
en la celda de Segismundo.
Tantas cosas quiero que,
cuando la gaviota exhale
su graznido justiciero,
quiero haber estado,
cuando menos.

Pájaro azul.

Encontré entre los pliegues
del cemento un pájaro azul,
lo cebé con las mieles
que robé de altares de luz.
Tras dormirse en mi mano
un día voló.
Retando al mar
una pluma perdió,
la encontrará
porque la tengo yo,
clavada en esta herida
que supura color.
Dejando atrás
mi juventud
puedo escuchar
los trinos de la ingratitud.
Seguirá mi camino,
mis tropiezos,
mi torpe danzar,
descartando los rezos
que el temor me quiso inculcar,
no mendigo los besos
que no quieres dar.
La perdición
es un viejo juglar,
una canción
te puede apuñalar,
los pájaros azules
nunca son de fiar.
Que esperas tú
de este animal,
piel de palabras
de una carta de algún criminal.

Biografía de Fulano.

Cuando nací
fui algo prematuro,
nadie por mí
daba ni un puto duro.
Así crecí,
quizá algo inseguro,
acumulé
ladrillos en el muro.
Luego busqué
hazañas y gigantes,
solo topé
molinos y mangantes.
Cruces cargué
al lomo doblegado
y las quemé
cuando hube despertado.
Sembré una flor
pero yerré en el tiesto,
fallas de amor
y lechos indigestos. Es verdad
que la vida poco me va a dar,
qué más da,
si al final
sólo nos queda el morir,
eso sí.
Razonar
qué sentido tiene el existir
y sufrir,
puede hacer
que el tiempo pueda correr
sin creer.
Cabalgar
a los lomos de la libertad
no está mal,
despertar
en la celda hace llorar.

Agrias horas.

Qué agrias son las horas
y los momentos reiterados.
El rulo que rueda y
aun sabiéndolo invariable,
esperas cambio de giro,
ligeramente favorable
a tu deriva
más no.
La melodía es necia
en su fórmula matemática, 
regida por pasiones
poco numéricas.
Que mal se digiere
lo que nunca cambia,
quebrando esperanzas
de cáscara de papel.
Qué amargo que se espere
que engullas la píldora,
seca y espinada,
de negarte ante el espejo.

FUERA DE JUEGO.

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Del salto a la caída,  del acierto al yerro,  nada confío en el tino  de la decisión que tome  cuando haya que hacer  lo que hubiera que hacer,  si hacer procediera.  Tanto se expanden los espacios  como se contrae el razonamiento  y la altura de miras  es deficitaria.  Visualizar futuros  no diseña porvenires  y falla la fuerza  y la rabia es desvarío.  Sumar  siempre acaba en dividendo  y el resto,  precario suele ser  en esta andanza.  Azares,  errores,  ciertos aciertos  y un espacio hueco  de dónde cuelgan los abrigos.  Desidia contemplativa,  mirar y morir,  morir mirando,  agonía de expectador  fuera de juego.

LA AUSENCIA QUE ME OTORGAS.

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Sigue la ausencia que me otorgas,  ahí colgada,  en equilibrio de sombras,  encadenada.  Se prolonga la quietud  esperando ser mecida mientras el dolor rebota  sobre suelos engomados.  Quizá no debiera doler,   por ser crónico el vacío,  y de consuelo valdrían  los eslabones que perduran.  Sigo mirando los parques,  los escudriño en diagonal,  mientras las palomas se burlan  de mi cuello ladeado. 

COLOREAR LA ARISTA.

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Podemos colorear la arista,  dar tono cálido al gélido cemento  que fraguamos día a día,  decorar las asperezas,  diversificar lo idéntico.  Puede que convenga  dinamizar lo estático,  lo que sostiene,  con preceptiva rudeza,  nuestra levedad de carne.  Podemos impostar la flor  en yertos cubos de hormigón armado,  sabernos mejores  camuflando el gris que nos guarda  y las tormentas serán más dulces,  edulcoradas de almíbares sintéticos.  Mejor derribados por la ola  si la caída hiere en tonos pastel.  La superficie seda,  pero menos mal que hay aridez,  firme y arisca  bajo la ilusión sonora,  que muda nos asegura  el suelo necesario. 

PUEDE QUE SEA EL MAR.

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Puede que sea el mar,  por más asequible  que lo cósmico,   lo que amaine la soberbia  estruendosa que vestimos.  Curvatura nos da el horizonte,  incertidumbre,  y las aguas vivas  que nos mecen,  mutables de carácter  con los climas coordinadas,  pueden desarbolar  nuestra arrogancia  en dos golpes de espuma,  dejando en salazón  la transcendencia.  La roca apaleada  por mareas sin bandera,  va cediendo patria  y convicciones minerales  para sedimentar corrientes,  ajenas a la cartografía.  Mar calmo  que me empequeñece  y me ensancha  en las soledades  de un Robinson desnudo  de interiores al viento.

Cajas de música.

Sigues en tu caja de música,
sucia y desafinada,
dando tumbos circulares
y pretendiendo ser centro de órbitas.
Tienes rehén poderoso,
en eso basas tu miseria.
La bailarina suicida
que roba melodías.
Pena me diste
por muñeca rota
más ahora desprecio
tus tristes coreografías.
Sigue, desafinada y patética,
rompiendo cartas
de tu marcada baraja.
Sigue tu danza
con el objeto de dañarme,
mas los espejos del joyero
se empañan
y el carrillón se ahoga
entre notas de latón.
Ni odiarte me merece la pena.
Puede que yo reviente antes,
celébralo,
si a la inversa es,
fumaré un cigarrillo
de humo añejo.
Quizá entonces,
me quite del tabaco.

Cantor de amores.

Cantar de amor,
desde guitarras de almíbar
y voz de viola,
con el flequillo oportuno,
puede ser fácil.
Los retratos de boda
suelen gritar hieles
desde los cabeceros
de camas amarillas,
al cabo de unas órbitas.
Vivir no es leyenda
y no se enmarcan
de labradas maderas nobles
las miserias cotidianas.
Amar no es estribillo
bajo foco naranja en vaselina.
Que amar escuece
y desamar entumece,
casi anestesia,
porque la vida es quirófano
de amputación constante.
Vivir es vivir,
no es relato aprendido,
y el guión es agua de río,
siempre otra a cada segundo.

Muelle de colchón.

No anda uno en edad
de hallarse desubicado,
mas los azares,
los avatares,
la coyuntura absurda
de lo social,
lo convenido,
hacen que el acomodo
tenga muelle de colchón
como lanza de Longinos y,
cuando yá es tarde,
la llaga ha vertido
lo irrecuperable.
"Que sí",
te asienten a quemarropa
con retrogusto a estafa,
y la taza de hiel
se vuelve menú irrenunciable.
Mientras tanto no eres nada
y lo tuyo vuela,
alejándose de las vallas
que se tejieron.
Y el problema eres tú,
por serlo,
por ser el poco tú
que encuentra espacio.
Que tránsito absurdo
a ninguna parte.
Y cierto día morirás,
desnudo y perdido,
como animal de pasillo,
sin saber por qué todo
y por qué nada.

Sesión matinal.

Esa película vieja
que te lava las legañas,
en blanco y negro,
para que desayunes luces
con sombras mojadas en café con leche.
Un encuadre arriesgado
acotando las pasiones
y la miseria humana
en plano secuencia eterno.
La vida en panorama,
en túnel rectangular
que te engulle, 
pasando por todas las escalas
de los posibles grises.
Trineos abandonados,
trincheras de vana gloria,
mujeres letales
con aves pintadas
y un motel con mecedora
y cortina de ducha.

VERANO.

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Tiene el verano un rostro,  un aroma,  un estribillo,  que puede matarte  de sal vieja,  adherida de antaño  a tus pulmones de otoño.  Tiene sombras el verano,  a lenta cocción,  confitadas,  que te ocultan los pasados  jadeos húmedos  de arena impregnada.  Y la promiscua espuma,  orgásmica entre las conchas,  escribe versos sucios  sobre tu piel desmemoriada.  Verano intransigente  con los anhelos abortados. 

Oferta.

Tengo la noche blanca
para tus mañanas sin luna
y un viento cálido
para tu nuca huérfana.
Tengo piel eléctrica
y dedos voladores,
tibieza de saliva
y sangre comprimida.
Tengo dolores tiernos
y placeres de toque amargo.
Tengo todo,
que es poco,
mas colmar
y calmar,
yo bien pudiera.

DE GUARDIA.

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El ángel herido,  de guardia inútil sobre sepultura,  espera el relevo improbable,  resignado y poroso,  calizo y pétreo,  firme en la erosión  de tiempo congelado.  Ignorado por los muertos,  pues la muerte es ignorancia,  siente nostalgia de cincel,  que bien podría haberlo esculpido querubín  de pórtico peregrino  en lugar de guardián de lápida.  Desagradecidos son los muertos  al velatorio,  al ramo marchito,  a la candelaria,  y el ángel morir quisiera,  liberado de la piedra  y de las sombras alargadas  de los cipreses altivos. 

Dejadme que yo prefiera....

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Maldito y endemoniado,  adicto a las hogueras,  el de un cristo cocinado,  rondando por las aceras  a Mariettas desatentas,  como un gilipollas, madre,  como un gilipollas, a tientas,  sin más perro que te ladre,  te fuiste sin corifeos,  dejándonos la desgana  del genio del cachondeo,  el verso de palangana.  No sabiendo tus escalas,  por lo tanto eres muy dueño  de salirte de esta sala  con el gesto algo risueño.