Vente.

Vente a mi huerto
de palomas ciegas,
donde florece el aleteo,
y a la sombra de un árbol
de pañuelos de satén
te entregaré lo tibio.
Vente a vestirte
de aliento herido
y cazaré para ti
luciérnagas perpetuas
que te iluminen la entraña.
Ven a rompernos
las cinturas desbocadas,
cabalgando noches
y madrugadas rojas
de brasa lenta.
Vente,
o no vengas,
no estés siquiera.

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