lunes, 11 de julio de 2016

DESECHOS DESECHABLES.

Bastaría un aullido de paloma ciega
para que la Luna derramase lágrimas blancas 
por los asiduos a cualquier lugar, 
los frecuentes, 
habituales de cualquier sospecha, 
que salpican las calles de ciudades de hojalata 
con su presencia prescindible. 

Adictos a algún decálogo, 
ávidos de pertenencia, 
corean el balido más tribal 
o el aullido más primate. 

Impecables rostros planchados 
a vapor de inercia, 
fusilando espejos con teléfonos dorados, 
pueblan las redes 
como atunes de almadraba. 

Discurso de voz en grito 
y golpe fácil, 
casi siempre traicionero, 
sólo empatizan con sus autos, 
desde los que regalan sonidos maltratados 
de fácil rima, 
como sermón apocalíptico 
para quien les sufre. 

No aman, 
toman, 
a fuerza de celo de equino, 
apestando lo que tocan 
con afiladas manos  
y la baba destilada, 
rugiendo en el festejo, 
alarde de bragueta de caverna. 

Desechos desechables, 
producto nuestro, 
de la desidia inoculada 
por antiguos libros 
y modas nuevas. 


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