Suroeste.

Cuando retorna tu osamenta
a los aires que te crecieron
y capturas voces
de acordes de juventud,
la memoria es bálsamo,
jarabe infantil
para tu ronquera.
Cuando la luz a granel
te empapa la piel ahumada,
en violenta primavera
en estallido,
y las calles renombradas
te recuerdan las carreras,
las batallas y derrotas,
las victorias de besos torpes
robados a quemarropa,
quizá sea que envejeces.
Callejas de nazareno y oro,
cera caliente y cerveza fría,
juerga y martirio,
negras mantillas de luto, 
blancas y breves faldas de alegría,
saeta rota y piel ferviente
de pecados nuevos.
Suroeste, éste,
que me fraguó tal cual.

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