Tanto coleccionar
infiernos entre los años
que ahora no me extraño
cuando me pongo a aullar.
Tanto jarabe de palo
consumí por mis andares,
que me cuesta ver lo amable
que se remueve a mi lado.
Y toda palabra es cuchillo
y sangro a cada reproche,
lo que hace que derroche
fiereza de mis bolsillos.
Como lobo acorralado
hago asomar el colmillo
cuando me llega el tufillo
del previsible altercado.
Pero me falla el olfato,
y la mordida es mellada,
patética dentellada
de un resabido gato.
Manía persecutoria
que diría mi psiquiatra,
guardo el aspid de Cleopatra
escondido en la memoria. 

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