SAETA

Huele a cera de calvario
y la saeta es más quejío.
Somos todos costaleros
soportando tronos de avaricia
donde no caben más ladrones.
No llegan las cruces
para tanto penitente
de pecado ajeno.
Redoblan,
redoblan los tambores
sintonía de patíbulo
al que procesionamos huérfanos
de dioses y profetas.
Desfila la angustia,
la amargura,
la dolorosa verdad
del desheredado,
por calles que se estrechan
amenazando embargo.
Los tribunos hablan,
a mano lavada,
desentendiéndose del martirio.
He aquí el hombre,
el despedido,
que se dice hijo de algún poder
que ahora le ignora.
Clavel rojo y fúnebre,
encerado de cirio,
derramando aroma trágico
de futuro negro. 

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