UNA CENiCIENTA CUALQUIERA.

En alguna calle negra
encontró galope y vuelo
de bajo coste,
fugaces estrellas
de cielos robados,
y el paso se le torció
a tacón roto.

Descendió todos los sótanos
y bandadas de manos sucias
ocuparon la piel rota.

Respirando alientos
de mal vino
por tener billete
para el corto trayecto
a cualquier infierno.
Ni sombra en la acera
deja su osamenta helada,
a la espera de algún fin
sin perdices prometidas.



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