Madrid, 11 de marzo.

Con el invierno moribundo,
aquella laboral mañana,
los andenes contenían
sueño prorrogado.
Cargaban los vagones
agua y jabón en rostro
y páginas marcadas
con los párrafos pendientes.
Pendientes los proyectos
y las jornadas pendientes,
besos tibios de buenos días
en las mejillas inscritos.
Y llegó el odio en clavo,
de dinamita parido,
horror atónito
sobre raíles de pueblo,
bajo oraciones mezquinas
de versículos de estafa,
sembrando el grito
para recolectar silencio.
Madrid desangrada
de futuros inciertos,
Madrid herida
de la memoria por bandos,
Madrid que sabe
de sangre, a cada poco,
donde se alzan torres
y se llora por barrios.

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