Sonata de otoño.

Esta estación de caídas,
de pequeñas muertes doradas,
de frutos suicidas
alentados por los vientos,
tiene voz de piano
gimiendo sonata azul.
El árbol se entrega,
desnudándose a los fríos,
y la abeja exhausta agoniza.
La ciudad madruga,
cabizbaja y ausente,
pintando en los charcos
retratos transeúntes
de peatones agrisados.
Es estación de andenes,
de despedidas cotidianas,
de vagón de ausencia.
Y tú te enrocas
en la búsqueda de sombras,
tejiendo malestares
con hebras de palabra.
Es otoño
y la vida pesa.

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