Entrada de diario con retrospección.

Llevo en las botas el polvo
más viejo de los arcenes,
las huellas han muerto
náufragas de aguaceros,
y en pocas memorias
dejé algo de equipaje.
Mejor así,
leve,
que gravoso para el prójimo.
No tengo queja
para con mis azares,
pues causa dí
para mayores avatares.
De patrimonio la osamenta,
que aguanta la carga
de palabras que aglutina.
En la piel hematomas,
pues sin golpe no hay constancia
ni fe de vida,
mas también poseo temblores,
escalofríos amables
de volátiles dedos
y labios navegantes.
La obra, difusa,
sin disciplina fija
ni gloria ni Parnaso,
algún gesto aprobatorio,
algún pellizco en los sentires
de vulnerables congéneres.
Aun sigo buscando escenas
que al menos evoquen,
algo provoquen
en condescendientes miradas,
aliadas a mi demencia.
De lo futurible no hablo,
no hay vaticinio,
voluntad de estar,
al menos algo más,
y ser testigo de cargo
en este proceso abierto,
de errática instrucción,
en el que estamos incursos
desde la división celular
que nos amalgama.


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