Cine

Las campanas no doblan
por los muertos que deben
mientras el viento se lleve
al este del Edén
las postales
mataselladas en Casablanca.
Será ahora el Apocalipsis
si los pájaros se espantan
en el desierto
al galope de los centauros.
Muere en Venecia un tango
que se bailó en París
por un verdugo triste,
andaluz como aquel perro
que aullaba ciego
de navaja barbera.
No es poco
que amanezca
donde matan ruiseñores
a humana jauría.
El hacha es resplandor
en la nieve blanca
del hotel añejo
en el que guardan monolitos,
negros como el silencio
que dicta ley en los muelles.
Sin perdón posible
para el tranquilo hombre
que no buscó padrinos.

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