EDIFICIO GRIS MARENGO.

Con los bolsillos llenos
de hojas secas de aquel otoño,
entré en el patio de luces
del edificio gris marengo.

Me recibió un anciano
de edad desdibujada y,
amable,
me requirió la orden
de ingreso en lo incierto.

Me condujo a una alcoba
con lecho nevado,
abrió el armario.
espantando a la lechuza
que lo habitaba,
y metí mi hatillo
de palabras hurtadas.

En una nota,
los horarios de lamento
y los de carcajada en falsete.

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